L A «O B R A» D E U N T R A D U C T O R
Reginald y los regalos navideños
Hector Hugh Munro, «Saki»
Traducción de Juan Manuel Salmerón
Título original: «Reginald on Christmas presents»,
en Reginald
–Deseo que
quede muy claro –dijo Reginald– que no quiero un devocionario «George,
príncipe de Gales» para regalo de Navidad. Nunca me cansaré de decirlo.
»Deberían impartirse cursos especializados en la ciencia de hacer regalos. Nadie parece tener la más remota idea de lo que los demás quieren, y lo que suele pensarse sobre el
particular no es digno de una sociedad civilizada.
»Está, por
ejemplo, esa pariente del campo que “sabe que una corbata siempre es útil” y nos
manda una a lunares horrorosa que no podemos ponernos más que en casa o en Tottenham Court Road. Útil habría sido de haberla ella usado para atar sus groselleros, porque entonces habría prestado el doble servicio de
sujetar las ramas y espantar los pájaros... pues es un hecho comprobado que el gorrión común tiene un gusto estético superior al de la media de nuestras
parientes del campo.
»Están luego las tías, que son siempre difíciles de manejar en materia de regalos. Lo malo es
que nunca las pilla uno lo bastante jóvenes. Para cuando les hemos inculcado la
idea de que no se pueden llevar manoplas de lana rojas en West End, se mueren, o
se pelean con la familia, o hacen algo igualmente desconsiderado. Esa es la
razón por la que tanto escasean las tías bien instruidas.
»Pongamos, par
exemple, a mi tía Agatha. Las últimas navidades me envió un par de guantes que incluso no estaban pasados de moda y tenían el número de botones correcto...
¡Pero me venían enormes! Se los mandé a un chico al que yo odiaba profundamente:
no se los puso, claro, porque se presentó la amarga muerte. Fue casi de tanto consuelo como enviarle flores blancas al
entierro. Como es natural, le escribí a mi tía diciendo que era lo único que
me faltaba para que mi vida floreciera como una rosa; seguro que le parecí un frívolo: ella es del norte, donde viven en el temor del Cielo y del conde de Durham.
(Reginald tiene grandes conocimientos de política, lo que constituye una
excelente excusa para no hablar de política.) Las tías con una pizca de origen
extranjero son las que mejor comprenden estas cosas, pero si uno no puede
elegirlas, a la larga lo más sensato es elegir nosotros el regalo y enviarles a ellas la factura.
»Incluso los
amigos de nuestra misma clase, que se supone están más puestos en el tema, cometen
curiosas equivocaciones. No colecciono ejemplares de las ediciones más
baratas de Omar Khayyam. Di los últimos cuatro que me regalaron al chaval del
ascensor, y me place imaginármelo leyéndoselos, notas de FitzGerald incluidas,
a su anciana madre (las madres de estos chicos siempre son ancianas);
creo que eso demuestra muy buenos sentimientos por su parte.
»Personalmente,
diré que no veo por qué es tan difícil elegir regalos adecuados.
Ningún joven de buena crianza dejará de apreciar una de esas
decorativas botellas de licor que tan reverencialmente hay colocadas en el
escaparate de Morel... y no importa si son dos. Y siempre habrá ese
momento supremo de terrible incertidumbre en el que no se sabrá si es crême
de menthe o Chartreuse... algo parecido a la expectante emoción de ver las cartas de
nuestra pareja de bridge puestas hacia arriba. La gente dirá lo que quiera acerca de la
decadencia del cristianismo, pero un sistema religioso que produce Chartreuse
verde jamás podrá morir.
»Y hay además,
cómo no, vasos de licor, y fruta escarchada, y tapices, y muchas más cosas
imprescindibles en la vida que constituyen regalos muy aceptables... Por no
hablar de lujos como el que nos paguen las facturas o nos regalen una joya o alguna preciosidad por el estilo. A diferencia de la presunta Mujer Virtuosa de la Biblia, yo no
cuesto más de un rubí. Por cierto que para quien la hallara debió de ser un
problema en tiempos navideños; nada menos que un cheque en blanco lo habría resuelto. También puede que se haya extinguido.°«Mujer virtuosa, ¿quién la
hallará? Pues su precio es mucho mayor que el del rubí» (Proverbios 31, 10).
»Mi gran encanto
–concluyó Reginald– es que soy muy fácil de contentar. Eso sí, me niego a
aceptar un devocionario «Príncipe de Gales».