L A «O B R A» D E U N T R A D U C T O R
Reginald y los anfitriones
Hector Hugh Munro, «Saki»
Traducción de Juan Manuel Salmerón
Título original: «Reginald on house-parties»,
en Reginald
Lo malo es que nunca llegamos a conocer a nuestros anfitriones. Conocemos sus foxterrieres y sus crisantemos, y si la historia del carrito puede contarse a todos en el salón o debe referirse a cada uno en privado para no escandalizar a la opinión pública; pero los anfitriones son una especie de tierra incógnita que nunca tenemos tiempo de explorar.
Una vez me invitó a pasar una temporada en Warwickshire un amigo que cultivaba sus propias tierras, aunque en lo demás era una persona muy sensata. Yo nunca habría sospechado que tuviera un alma, pero al poco se fugó con la viuda de un domador de leones y se estableció de entrenador de golf en el golfo Pérsico; cosa sumamente inmoral, qué duda cabe, porque era un jugador mediocre, pero que demuestra imaginación. Su mujer sí que daba lástima, porque era la única de la casa que sabía manejar a la cocinera, y ahora tiene que poner «D.V.»°Deo volente, «Si Dios quiere». en las invitaciones. Claro que peor habría sido un escándalo doméstico; una mujer que pierde a la cocinera jamás recupera del todo su posición social.
Supongo que a los anfitriones les pasa lo mismo; rara vez conocen a sus invitados más que superficialmente, y por eso cuando empiezan a conocerlos mejor, suelen dejar de conocerlos para siempre. ¡Con qué frialdad y más que frialdad me despedí de unos de Dorsetshire! Me habían pedido que bajara a disparar a unas aves, y yo en esas cosas dejo mucho que desear. Con las perdices hay una especie de maldita uniformidad: si no le aciertas a una, no le aciertas a ninguna... al menos esa es mi experiencia. Luego, en la sala de fumar, se reían de mí porque decían que no era capaz de atinarle a un ave a tres metros, y oyendo su risa bovina los comparaba yo con unas vacas que zumbaran alrededor de un tábano creyendo que se reían de él. Pues bien, a la mañana siguiente me levanté al alba –sé que era al alba porque se oían los gallos y la hierba tenía aspecto de que la hubieran dejado tranquila toda la noche–, cogí al más hermoso ejemplar volátil que encontré, lo puse lo más cerca que pude y le disparé lo mejor que supe. Luego dijeron que era un ave mansa, pero yo digo que es absurdo, porque se puso de lo más arisca con los primeros disparos. Cuando al fin se calmó un poco y dejó de agitar las patas como despidiéndose del mundo, le pedí a uno de los jardineros que la llevara al vestíbulo, para que todo el mundo la viera cuando bajasen a desayunar. Yo desayuné solo en mi habitación. Luego deduje que la comida había estado teñida de un espíritu muy poco cristiano. Supongo que trae mala suerte introducir plumas de pavo real en una casa; el caso es que cuando me marché vi una mirada de censura en los ojos de mi anfitriona
Algunas anfitrionas, desde luego, lo perdonarán todo, incluso a los pavicidas (¿existe esta palabra?), con tal que tengamos buena presencia y seamos lo bastante raros como para contrarrestar a otros; y siempre hay otros... Por ejemplo, la joven que lee a Meredith y se presenta a comer con extraña puntualidad llevando un vestido hecho en casa y retocado a su gusto. Siempre acaba yéndose a la India y casándose, y luego regresa para admirar la Royal Academy e imaginar que unas tristes gambas al curry son un buen sustituto de todo lo que nos han enseñado a creer que es una comida. Entonces resulta peligrosísima. Aunque ni la peor de ellas es tan mala como la que lo acribilla a uno a preguntas sobre mercados y compraventas sin que la hayamos provocado para nada. El otro día, sin ir más lejos, cuando más ocupado estaba yo tratando de entender la mitad de las cosas que decía, una de esas que buscan verdades rústicas me preguntó cuántas aves creía yo que podía meter en un corral de tres metros por dos, o algo así. Le dije que muchísimas, siempre que tuviera la puerta bien cerrada, y al parecer la idea no se le había ocurrido, o al menos estuvo dándole vueltas el resto de la comida.
Claro que, como yo digo, no lo sabemos todo y podemos cometer errores. Aun así, muchos errores resultan provechosos: si no hubiéramos perdido tontamente nuestras colonias americanas, quizá nunca habría venido ningún joven estadounidense a decirnos cómo cortarnos el pelo y qué ropa llevar, y de algún sitio tenemos que sacar nuestras ideas, supongo. Incluso el gamberro fue seguramente inventado en China hace siglos antes de que se nos ocurriera a nosotros. Inglaterra debe despertar, como dijo el otro día el duque de Devonshire... ¿No fue él? Bueno, pues sería otro. No es que yo desespere del futuro, siempre ha habido hombres que lo han hecho y luego, cuando ha llegado, el futuro ha dicho palabras preciosas y sublimes porque obraron según sus luces. Da miedo pensar que nietos ajenos puedan crecer algún día y llamarlo a uno buena persona.
Hay momentos en que uno simpatiza con Herodes.