L A «O B R A» D E U N T R A D U C T O R
Reginald y las preocupaciones
Hector Hugh Munro, «Saki»
Traducción de Juan Manuel Salmerón
Título original: «Reginald on worries», en Reginald
–Tengo –dijo Reginald– una tía que se preocupa. En realidad no es una tía... digamos una aficionada, ni en realidad se preocupa. Es una persona con gran éxito social y que no tiene tragedias familiares dignas de mención, por lo que adopta todas las decorativas tribulaciones que puede, a mí incluido. En este sentido es la antítesis, o como se diga, de esas dulces y resignadas mujeres que han visto algún problema y desde entonces miran a otra parte. Uno las quiere ya solo por eso, desde luego; aunque confieso que me hacen sentir incómodo; me recuerdan a esos patos que siguen aleteando con alegría forzada mucho después de haberles cortado la cabeza. Los patos no tiene reposo. Bien, mi tía tiene un color de pelo que le sienta bien, y una cocinera que se pelea con los demás criados, lo que siempre es buena señal, y una conciencia que se ausenta once meses al año para volver en Semana Santa a incordiar a los parientes del marido, que distan mucho de ser ángeles, dicho sea de paso: con todas estas ventajas naturales –ella dice que su tinte color bronce es una ventaja natural, y nadie puede dudar de que es una ventaja–, está claro que tiene que pedir las cuitas fuera, como quien encarga comida a un restaurante. El sistema tiene la ventaja de que nos permite hacer compatibles las desgracias con nuestras otras ocupaciones, lo que no ocurre con los problemas reales, que siempre lo pillan a uno a mitad de comer, o de vestirse, o de hacer otras cosas solemnes. Una vez conocí a un canario que llevaba meses y años empollando huevos con la idea de formar una familia, idea que todo el mundo consideraba un capricho disculpable, como la de vender Delagoa Bay, que de realizarse algún día representaría una pérdida anual para las agencias de prensa, y cuando al fin el pájaro lo logró, pilló a la familia en mitad de la oración. Digo en mitad de la oración, pero fue también el fin de ella: no puede uno seguir dando gracias a Dios por el pan nuestro de cada día si ha de pensar con qué diablos alimentará a los canarios recién nacidos.
»En estos momentos, mi tía se halla en un estado de ánimo que podríamos llamar balcánico a propósito del trato que reciben los judíos en Rumanía. Personalmente, pienso que los judíos tienen cualidades estimables; son muy amables con sus pobres... y con nuestros ricos. Supongo que en Rumanía el coste de vivir por encima de lo que uno gana no es muy alto. Aquí el problema es que mucha gente que dispone de dinero para dar parece tener ideas muy vagas acerca de a quién darlo. Por ejemplo, ese fondo para víctimas de catástrofes repentinas... ¿Qué es una catástrofe repentina? Tomemos a Marion Mulciber, que creía que sabía jugar a las cartas y bajar un monte en bicicleta; primero acabó en un hospital y ahora se ha metido en un convento... o sea, que perdió todo lo que tenía y lo demás lo dio al Cielo. Pero no podemos llamar a eso una calamidad repentina; ocurrió ya cuando nació la pobre. Los médicos dijeron entonces que no viviría más de dos semanas, y desde entonces ha estado intentando ver si era verdad. Las mujeres son muy obstinadas.
»Y luego está la cuestión educativa... por la que no creo que haya que preocuparse. A mi juicio, se le da más importancia de la que tiene. Por lo menos no nos la tomábamos en serio en el colegio, donde se hacía todo lo posible para que la tuviéramos bien presente. Todo lo que merece la pena conocerse lo aprende uno por sí mismo, y lo demás se impone tarde o temprano. La razón por la que nuestros mayores saben comparativamente tan poco es porque tienen que desaprender mucho de lo que la educación les enseñó antes de que naciéramos. Creo desde luego en el estudio de la naturaleza; como le dije a la señora Beauwhistle, si quieres aprender a ser sofisticado y artificial, no tienes más que observar con qué estudiada indiferencia entra un gato persa en un salón repleto, y luego practicar un par de semanas. Los Beauwhistles no son de ilustre cuna, pero se la están comprando a plazos... tanto de entrada, y el resto cuando puedan. Tienen buen corazón y nunca olvidan los cumpleaños. No recuerdo lo que él era, trabaja en el centro, por eso es tan patriota; y ella... oh, bueno, los vestidos se los hacían en París, pero los llevaba con un fuerte acento inglés. Tiene un gran espíritu cívico. Debió de recibir una educación muy estricta, porque se cuida mucho de equivocarse correctamente. Pero como yo le dije, hoy día eso importa poco: conozco a gente perfectamente virtuosa a la que reciben en todas partes.