L A  «O B R A»  D E  U N  T R A D U C T O R

 

Reginald y las feas costumbres.
La mujer que decía la verdad

Hector Hugh Munro, «Saki»

 

Traducción de Juan Manuel Salmerón

 

Título original: «Reginald on besetting sins.
The woman who told the truth», en Reginald

 

 

 

Érase una vez, dijo Reginald, una mujer que decía la verdad. No toda de una vez, claro, la costumbre fue creciéndole poco a poco, como el musgo a un árbol aparentemente sano. No tenía hijos... de haberlos tenido otro gallo le cantara. Empezó con pequeñas cosas, más que nada porque tenía una vida bastante vacía y le resultaba muy fácil decir la verdad en asuntos de poca importancia. Luego empezó a costarle contenerse en cosas más importantes, hasta que acabó diciendo la verdad sobre su edad: cuarenta y dos años y cinco meses... porque para entonces era tan veraz que hasta decía los meses. Esto sería muy de encomiar, pero a su hermana mayor le hizo muy poca gracia, y el día de su cumpleaños, en lugar de unas entradas para la ópera, como ella había esperado, la hermana le regaló un cuadro que representaba la ciudad de Jerusalén vista desde el monte de los Olivos. La venganza de una hermana mayor podrá tardar, pero siempre acaba llegando, como los trenes.
        Las amigas de nuestra mujer trataban de convencerla para que no abusara de la costumbre, pero ella decía que se había casado con la verdad; por eso, le contestaban las amigas, era poco lógico que apareciera tantas veces con ella en público. (Ninguna mujer previsora almuerza con el marido si quiere sorprenderlo en la cena. Tiene que darle tiempo a olvidar, y una tarde no basta.) Conque al final sus amigas empezaron a evitarla. Su pasión por la verdad se reveló incompatible con las listas de invitados largas. Por ejemplo, a Miriam Klopstock le dijo lo que de verdad parecía en el baile de Navidad. Verdad es que Miriam le pidió su sincera opinión, pero nuestra mujer rezaba todos los domingos por la paz en el mundo y eso no fue coherente.
        Todo el mundo convino en que era una lástima que no tuviera hijos; con uno o dos en casa, siempre hay un control inconsciente que nos impide abusar de la verdad. Los hijos se nos han dado para evitar que cultivemos nuestras mejores pasiones. Por eso el teatro, por mucho que se esfuerce, nunca será tan artificial como la vida; incluso un drama de Ibsen revela al espectador cosas que callaría ante los hijos o los criados.
        Puede que el destino hubiera querido que dijera la verdad al principio y tiene parte de la culpa, pero por no haber tenido hijos, al menos ella era culpable de negligencia cómplice.
        Poco a poco empezó a sentirse esclava de lo que antes había sido un simple pasatiempo y un día quiso poner remedio. Todas las mujeres dicen el noventa por ciento de la verdad a su modista; el otro diez por ciento es la cantidad mínima de mentira que se reservará toda clienta que se respete. El local de Madame Draga era un lugar de reunión para verdades desnudas y disfrazadas ficciones, y allí fue donde sintió nuestra mujer que debía hacer un último esfuerzo por recobrar la inocente mendacidad de otros tiempos. La misma Madame Draga, con su aire de esfinge que lo sabe todo y prefiere callar, estaba de un ánimo de lo más propicio. Habría sido una buena ministra de la Guerra, pero se conformaba con ser sólo rica.
        –Si meto esto por aquí y... por favor, señorita Howard, un momento... y por aquí, y vuelvo esto así... seguro que le gustará mucho más.
        Nuestra mujer dudó; parecía costar tan poco esfuerzo mostrarse de acuerdo con la modista. Pero la fuerza de la costumbre ya era muy grande.
        –La verdad –titubeó– es que me gusta muy poco...
        Aquel «muy poco» le dio la medida de lo profunda y pertinaz que era su dependencia de la verdad. A la modista no le gustaba nada que la contradijeran en su profesión y los enfados solía cobrarlos luego en la factura.
        Y al final ocurrió lo peor, lo que nuestra mujer había sabido siempre que ocurriría; fue una de esas verdades insignificantes que le hacían pasar muchas horas en vela. Una cruda mañana de miércoles, con pocas y desafortunadas palabras, le dijo a la cocinera que bebía. Fue una escena que había de recordar vívidamente, como si se la hubiera pintado en la mente el mismísimo Abbey. Era una buena cocinera, y como lo era, se fue.
        Al día siguiente se presentó a comer Miriam Klopstock. Las mujeres y los elefantes nunca olvidan una ofensa.

 

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