L A  «O B R A»  D E  U N  T R A D U C T O R

 

Reginald y la excursión del coro

Hector Hugh Munro, «Saki»

 

Traducción de Juan Manuel Salmerón

 

Título original: «Reginald’s choir treat», en Reginald

 

 

 



        –Nunca seas un pionero –le escribió Reginald a su amigo más querido–. A los primeros cristianos se comió el león más gordo.
        Reginald fue a su modo un pionero.
        En su familia nadie tenía el pelo bermejo ni sentido del humor, y adornaban la mesa con prímulas amarillas.
        Por eso nunca comprendieron a Reginald, que se levantaba tarde, desayunaba tostadas y decía cosas muy poco respetuosas del universo. Su familia tomaba avena como todos los ingleses y creía en cualquier cosa, incluso en los pronósticos del tiempo.
        Fue, pues, un gran alivio para la familia que la hija del vicario emprendiera la reforma de Reginald. Se llamaba Amabel; el nombre fue un capricho del vicario.°El nombre procede del latín amabilis, ‘amable, digna de ser amada’. Al parecer era muy popular en el siglo diecinueve, aunque quizá no es el más apropiado para la hija de un vicario. Amabel pasaba por ser una belleza intelectualmente muy dotada; nunca jugaba al tenis y se decía que había leído La vida de las abejas de Maeterlinck. En un pueblecito, quien no juega al tenis y lee a Maeterlinck es por fuerza un intelectual. Además, había ido un par de veces a Fécamp, donde había cogido cierto acentillo francés de los americanos que allí residen, y por tanto tenía un conocimiento del mundo que podía considerarse muy útil a la hora de tratar con un mundano.
        De ahí el regocijo de la familia cuando Amabel emprendió la reforma del díscolo miembro.
        Amabel empezó la operación pidiendo a su desprevenido pupilo que tomaran el té en el jardín de la vicaría; no había estado en Sicilia, donde las cosas son diferentes, y creía en el influjo benéfico del entorno natural.
        Y como todas las mujeres que alguna vez han predicado el arrepentimiento a la juventud perversa, habló largo y tendido del pecado que era llevar una vida vacía, el cual siempre parece más escandaloso en el campo, donde la gente se levanta temprano para ver si ha salido más fresas durante la noche.
        Reginald recordó los lirios del campo, «que se limitan a ser hermosos y se niegan a competir».
        –Pero eso no es ejemplo para nosotros –repuso Amabel alarmada.
        –Por desgracia no podemos permitírnoslo. No sabe usted la de problemas que he tenido por querer imitar la artística sencillez de los lirios.
        –Veo que estás muy orgulloso de tu apariencia. Eso no está bien. Una buena vida es infinitamente preferible a un buen aspecto.
        –Concuerda usted conmigo en que son incompatibles. Yo siempre digo que la belleza es un gran pecado.
        Amabel empezó a darse cuenta de que la batalla no es siempre el mejor recurso del decidido. Con la inmemorial sabiduría de su sexo, abandonó el ataque frontal y pasó a ponderar la falta de ayuda en sus labores parroquiales, su soledad interior, sus horas de desánimo... y en el momento justo sacó nata y fresas. Estas últimas, evidentemente, hicieron mella en Reginald, y cuando su preceptora sugirió que podía comenzar su enérgica vida ayudándole a preparar la excursión anual de los bucólicos infantes del coro, sus ojos brillaron con el peligroso fervor del converso.
        Reginald entró en la enérgica vida solo, en lo que a Amabel respecta. Ni las más virtuosas mujeres están hechas a prueba de hierba húmeda, y Amabel tuvo que guardar cama con un resfriado. A Reginald le pareció providencial; el sueño de su vida había sido organizar la excursión de un coro. Con estratégica perspicacia condujo a sus tímidos y cabezudos tutelados al arroyo del bosque más cercano y les permitió que se bañaran; él se sentó sobre las abandonadas ropas y pensó en el futuro inmediato de los niños del coro, el cual discurrió que sería recorrer el pueblo formando una procesión báquica. Para la ocasión había previsto unas flautas de hojalata, pero la incorporación de un macho cabrío que había en un huerto vecino fue un brillante imprevisto. En realidad, les explicó Reginald, tendrían que haber llevado pieles de pantera; en su defecto, permitió a quienes tuvieran pañuelos de lunares que se los pusieran, lo que ellos hicieron con reconocimiento. Reginald tuvo que admitir la imposibilidad de enseñar a los tiritones neófitos, en el poco tiempo de que disponía, un canto en honor a Baco, por lo que los puso en marcha con un más familiar, si bien menos apropiado, himno a la abstinencia. Después de todo, dijo, lo importante era la intención. Conforme a la etiqueta de los autores dramáticos los días de estreno, permaneció en un discreto segundo plano, mientras la procesión, con grandes recelos y acompañada del chivo, se dirigía lúgubremente hacia el pueblo. Los cánticos cesaron mucho antes de que llegaran a la calle mayor, pero el triste ulular de las flautas sacó a los habitantes a la puerta de sus casas. Reginald dijo que ya había visto algo parecido en algún cuadro; pero para los del pueblo, que nada como aquello habían visto en sus vidas, fue una primicia absoluta.
        Su familia nunca perdonó a Reginald. No tenían sentido del humor.

 

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