L A  «O B R A»  D E  U N  T R A D U C T O R

 

Reginald en el teatro

Hector Hugh Munro, «Saki»

 

Traducción de Juan Manuel Salmerón

 

Título original: «Reginald at the theatre», en Reginald

 

 

 


        –Después de todo –dijo la duquesa distraídamente–, hay cosas de las que uno no puede escapar. El bien y el mal, la buena conducta y la rectitud moral tienen sin duda límites bien definidos.
        –Como el imperio ruso, por cierto –repuso Reginald–. Lo malo es que los límites no siempre están en el mismo sitio.
        Reginald y la duquesa se miraron con recíproco recelo, moderado por un interés científico. Reginald pensaba que la duquesa tenía mucho que aprender; en particular, a no salir corriendo del teatro Carlton como si fuera a perder el último autobús. Decía que una mujer que no cuida sus maneras de desaparecer es capaz de irse de la ciudad antes de que empiecen las carreras de caballos en Goodwood, o morirse inoportunamente de una enfermedad que no esté de moda.
        La duquesa pensaba que Reginald no daba la talla moral que las circunstancias exigían.
        –Es verdad –prosiguió ella pugnazmente– que ahora está de moda creer en el cambio perpetuo, la mutabilidad y ese tipo de cosas, y decir que no somos más que una forma evolucionada de simio original... ¿A que suscribe usted estas teorías?
        –Creo que son muy prematuras; en la mayoría de la gente que conozco el proceso dista mucho de haberse completado.
        –¿Y seguro que tampoco es usted religioso?
        –Oh, claro que lo soy. La moda ahora es combinar una mentalidad católica romana con una conciencia agnóstica, así junta uno el pintoresquismo medieval de la primera con las conveniencias modernas de la segunda.
        La duquesa reprimió un bufido. Era de esas personas que tienen un cariño condescendiente a la iglesia anglicana, como si fuera algo que les hubiera crecido en el jardín.
        –Pero supongo –continuó– que habrá algo que hasta para usted sea sagrado. La patria, por ejemplo, y el imperio, y la responsabilidad del imperio, y lo de que «la sangre es más espesa que el agua»,°Proverbio originalmente alemán que viene a significar que los lazos de sangre son más fuertes que ningunos otros. y todas esas cosas.
        Reginald esperó un par de minutos antes de contestar, mientras el señor de Rímini acaparaba temporalmente las posibilidades acústicas del teatro.
        –Esto es lo peor de una tragedia°En este caso, la de Paolo y Francesca. –observó–: uno no puede oírse a sí mismo. Claro que acepto la idea del imperio y la responsabilidad. Al fin y al cabo, antes prefiero pensar en continentes que en ninguna otra cosa. Y algún día, cuando termine la temporada y tengamos tiempo, me explicará usted lo de la hermandad de sangre y demás que existe entre, digamos, un canadiense francés, un pobre hindú y uno de Yorkshire.
        –Ah, claro, «dominio sobre palmeras y pinos»,°Verso del poema «The Five Nations» que Rudyard Kipling compuso en julio de 1897 para las bodas de diamante de la reina Victoria, el «acontecimiento histórico» al que se refiere Reginald en otro relato («Reginald»). La estrofa completa dice: «God of our fathers, known of old, / Lord of our far-flung battle-line, / Beneath whose awful Hand we hold / Dominion over palm and pine - / Lord God of Hosts, be with us yet, / Lest we forget - lest we forget!». ya sabe –citó la duquesa esperanzada–; por supuesto, no debemos olvidar que todos somos parte del gran imperio anglosajón.
        –Que por su parte está convirtiéndose rápidamente en un suburbio de Jerusalén. Un suburbio muy bonito, lo reconozco, de un Jerusalén encantador. Pero suburbio al fin.
        –¡Tener que oír que vivimos en un suburbio cuando estamos llevando los beneficios de la civilización a todo el mundo! Filantropía... que imagino que dirá usted que es una cómoda ficción; pero admita que allí donde sabemos que existe miseria, hambre, pobreza, por lejos que esté o por mucho que cueste llegar, enseguida organizamos la ayuda con la máxima generosidad y la distribuimos hasta en los más remotos confines de la tierra.
        La duquesa hizo una pausa con una sensación de triunfo aplastante. Había dicho lo mismo en una reunión y lo habían acogido sumamente bien.
        –Me pregunto –dijo Reginald– si se ha paseado usted por las orillas del Támesis en una noche de invierno.°Es de imaginar que las hallaría pobladas de pobres y necesitados.
        –¡No, chiquillo, por Dios! ¿Por qué me lo pregunta?
        –No se lo pregunto, me lo pregunto. E incluso su filantropía, por practicarla en un mundo en el que todo se basa en la competencia, tendrá su debe y su haber. Los corvatos piden comida.
        –Y son alimentados.
        –Exacto. Lo que implica que alimentan a otros.
        –¡Oh, es usted exasperante! Ha leído tanto a Nietzsche que ha perdido usted todo sentido de la proporción moral. ¿Puedo preguntarle si se rige por alguna norma de comportamiento?
        –Desde luego todos tenemos algunas reglas a las que nos atenemos por comodidad. Por ejemplo, no ser nunca frívolo ni grosero con ningún extraño de barba gris y apariencia inofensiva al que conozcamos en un pinar o en la sala de fumar de un hotel del continente. Siempre resulta que es el rey de Suecia.
        –Controlarse debe de serle terriblemente difícil. Cuando yo era joven, los chicos de su edad eran simpáticos e inocentes.
        –Ahora solo somos simpáticos. Hoy día hay que especializarse. Esto me trae a la memoria lo que leí en un libro sagrado sobre un hombre al que le concedían lo que más deseara. Como no pidió ni títulos ni honores ni dignidades, sino solo una inmensa salud, lo demás le vino por sí solo.
        –Estoy segura de que no ha leído usted eso en ningún libro sagrado.
        –Sí; creo que lo hallará usted en Debrett.°Especie de guía genealógica de la aristocracia inglesa.

 

^