L A  «O B R A»  D E  U N  T R A D U C T O R

 

Reginald en el Carlton

Hector Hugh Munro, «Saki»

 

Traducción de Juan Manuel Salmerón

 

Título original: «Reginald at the Carlton», en Reginald

 

 

 


        –¡Cómo cambia el tiempo! –dijo la duquesa–. ¡Qué mala suerte que haga tanto frío ahora que el carbón está por las nubes! ¡Qué pena me dan los pobres!
        –Alguien ha dicho que la Providencia está siempre de parte de los grandes dividendos –observó Reginald.
        La duquesa comió una anchoa con ademán escandalizado; estaba lo bastante anticuada para que no le hiciera gracia oír hablar de los dividendos con irreverencia.
        Reginald había dejado la elección de los entremeses a la intuición femenina de la duquesa, pero el vino lo eligió él, conociendo que la intuición femenina retrocede ante el burdeos. Una mujer podrá elegir marido para sus amigas menos agraciadas u opinar en un debate político sin tener la menor idea de lo que trata, pero jamás elegirá un burdeos.
        –Los entrantes siempre tienen para mí un interés emotivo –dijo Reginald–; me recuerdan la infancia, en la que todo el tiempo nos preguntábamos cuál sería el próximo plato... y el resto de la comida lamentábamos no haber comido más entrantes. ¿No le gusta a usted observar cómo entra la gente en los restaurantes? Está la mujer que lo hace corriendo como si todo su esquema de vida dependiese de un despotismo que pudiera desconectarse en cualquier momento; uno respira aliviado al verla llegar a su silla sana y salva. Están también esos grupitos que entran con aire de ir a cumplir un deber desagradable, como si fuesen ángeles de la Muerte en una ciudad apestada. De este tipo de británicos se ven muchos en los hoteles del extranjero. Y hoy día son omnipresentes los johannesburgueses, que traen como un aire de «Cape to Cairo»... lo que podría llamarse el «rand estilo», supongo.°«Cape to Cairo» fue el nombre de un proyecto inconcluso de construir una línea férrea y telegráfica que atravesara África desde Ciudad del Cabo, Sudáfrica, hasta el Cairo, Egipto, comunicando así las colonias inglesas del continente; abajo, caricatura de su principal promotor, Cecil Rhodes, con el elocuente título de «The Rhodes Colossus», y mapa de la época.

Rand, ‘cerro’ en afrikaans, alude al Witwatersrand o ‘cerro de aguas blancas’, la elevación de terreno en la que está asentada Johannesburgo y donde se descubrieron los mayores yacimientos auríferos de Sudáfrica (desde 1961 el rand es la moneda oficial del país). Hay también un juego de palabras entre «Rand Manner» y Grand Manner o ‘gran estilo’, el término acuñado por los artistas ingleses del siglo diecinueve para referirse a las obras de arte inspiradas en el arte clásico y renacentista, y al que Sir Joshua Reynolds dio carta de naturaleza.


        –Hablando de hoteles en el extranjero –dijo la duquesa–, estoy tomando apuntes para una conferencia que daré en el club sobre los efectos del viaje moderno en la educación, centrándome sobre todo en el aspecto moral. El otro día hablé con la tía de la señora Beauwhistle... que acaba de regresar de París, sabe usted. ¡Qué mujer más amable!
        –Y más tonta. En estos tiempos en que hay tantas mujeres instruidas, ella es de lo más refrescante. Dicen que hubo gente que sufrió el sitio de París sin enterarse de que Francia y Alemania estaban en guerra; pero al parecer la tía de la señora Beauwhistle ha pasado todo el invierno en París creyendo que los Humberts eran una marca de bicicletas...°Thérèse Humbert, de soltera Daurignac (1856-1918), campesina francesa que, alegando ser la heredera de un imaginario millonario americano, se hizo prestar fortunas con las que llevó una vida por todo lo alto durante veinte años. La estafa llevó a la ruina a miles de acreedores. Fue arrestada en Madrid en 1902. ¿No hay un obispo o no sé quién que cree que en el otro mundo nos reuniremos con todos los animales que hemos conocido en la tierra? ¡Qué tremendo apuro encontrarse con el último banco de pescaditos fritos que ha conocido uno en el Prince’s! Yo me pondría tan nervioso que no hablaría más que de limones. Aunque seguro que también se sentirían muy ofendidos si no nos los hubiéramos comido. A mí si me sirvieran en un festín caníbal me disgustaría muchísimo que no me encontraran lo bastante tierno o les supiera a pasado.
        –La idea de mi conferencia –se apresuró a proseguir la duquesa– es estudiar si los excesivos viajes al continente tienden a debilitar la conciencia moral de la sociedad. Conozco a gente que es muy maja en Inglaterra y cambia muchísimo cuando pasa el Canal.
        –La gente con lo que yo llamo moral Tauchnitz°Nombre de una célebre familia de editores alemanes, precursores de lo que hoy es el libro de bolsillo. –observó Reginald–. En conjunto, creo que consiguen lo mejor de dos mundos muy deseables. Además, en algunos de esos trenes extranjeros cobran tanto por exceso de equipaje que uno se ahorra no poco dejándose de vez en cuando la reputación en casa.
        –Los escándalos, mi querido Reginald, hay que evitarlos tanto en Mónaco o cualquiera de esos lugares, como en Exeter, permítame que le diga.
        –Los escándalos, mi querida Irene... puedo llamarla Irene, ¿verdad?
        –No creo que me conozca usted lo suficiente.
        –La conozco más de lo que la conocían sus padrinos cuando se tomaron la libertad de llamarla así. Los escándalos no son sino el compasivo regalo que el que goza hace al que se aburre. Piense en la cantidad de vidas grises que se iluminan con las ardientes indiscreciones ajenas. Dígame, ¿quién es la mujer con el vestido de encaje que hay sentada a nuestra izquierda? Oh, no se preocupe; hoy día es normal mirar a la gente como se miran potros en Tattersall’s.°El principal mercado de subastas de caballos de carreras del Reino Unido.
        –¿La señora Spelvexit? Una mujer encantadora, separada del marido...
        –¿Incompatibilidad de ingresos?
        –Oh, nada de eso. Por kilómetros de mar helado, iba a decir. Él estudia las placas de hielo y las migraciones de los arenques, y ha escrito un interesantísimo libro acerca de la vida doméstica de los esquimales; pero, claro, él vida doméstica tiene muy poca.
        –Un marido que vuelve a casa con la corriente del Golfo es más bien una suerte que habría que aprovechar.
        –Su mujer es muy seria en estas cosas. Colecciona sellos. ¡Qué remedio! Los que están con ella son los Whimples, a los que conozco hace mucho; siempre tienen problemas, los pobres.
        –Los problemas no son cosas que se pueden tomar y dejar a capricho; son como una mascota o el hábito de fumar opio... una vez que empiezas, has de mantenerlos.
        –Con el primogénito se llevaron un gran desengaño; querían que fuera políglota y se gastaron no sé el dinero en que estudiara... oh, cantidad de idiomas, y al final se metió a fraile trapense. Y el benjamín, al que querían invertir en el mercado matrimonial americano, ha desarrollado tendencias políticas y escribe opúsculos a favor de las viviendas para pobres. Desde luego es una cuestión importantísima, a la que yo misma dedico mucho tiempo todas las mañanas, pero, como dice Laura Whimple, no está mal tener casa propia antes de pedirla para otros. Está muy afectada, pero sigue teniendo muy buen apetito, lo que a mi juicio demuestra gran generosidad.
        –Hay varias maneras de encajar un desengaño. Conocí a una joven que cuidó a un tío rico durante una larga enfermedad con cristiana fortaleza, y cuando al final el tío murió donó su dinero a un hospital para afectados de fiebre porcina. Para entonces a ella se le había acabado la fortaleza y ahora da recitales de poesía en reuniones sociales. Eso es lo que yo llamo ser vengativo.
        –La vida está llena de desengaños –observó la duquesa– y supongo que el arte de ser feliz consiste en disfrazarlos de ilusiones. Pero eso, mi querido Reginald, resulta más difícil conforme se hace uno mayor.
        –Creo que es un arte más practicado de lo que se piensa. Los jóvenes aspiran a cosas que nunca se realizan, los viejos recuerdan cosas que nunca sucedieron. Solo las personas de mediana edad son realmente conscientes de su limitaciones... por eso debemos tener paciencia con ellos. Pero nunca la tenemos.
        –Después de todo –dijo la duquesa–, las desilusiones pueden depender de nuestra manera de juzgarlas. Es posible que los que vengan después nos recuerden por cualidades y logros que estuvimos lejos de poseer o conseguir.
        –Más vale no encomendarse mucho a la voluntad conmemorativa de los que han de venir. Seguro que los santos de la Edad Media tuvieron desengaños, pero les habría consolado poco saber que la posteridad recordaría sus nombres sobre todo por una carrera de caballos y un burdeos barato. Y ahora, si deja usted de comer almendras, iremos a tomar café bajo las palmeras, que tan necesarias son para nuestra incomodidad.

 

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