L A  «O B R A»  D E  U N  T R A D U C T O R

 

Reginald

Hector Hugh Munro, «Saki»

 

Traducción de Juan Manuel Salmerón

 

Título original: «Reginald», en Reginald

 

 

 

Lo hice... yo, que tendría que estar escarmentado. Persuadí a Reginald para que viniese a la fiesta de los McKillop.
        Todos cometemos errores.
        –Saben que has venido y les extrañará que no vayas. Y precisamente ahora quiero llevarme bien con la señora McKillop.
        –Ya sé, quieres pedirle a una de sus gatitas persas grises por futura esposa de Wumples... o esposo, ¿no es eso? –(Reginald profesa un soberano desdén por los detalles, no solo en el vestir)–. Y esperas que yo me someta a un calvario social por satisfacer las exigencias conyugales...
        –¡No es eso, Reginald! Es que estoy seguro de que la señora McKillop se alegrará de que vayas. En sus fiestas los hombres jóvenes de tus brillantes dotes son más bien escasos.
        –Serán escasos en el cielo –repuso él con complacencia.
        –En el cielo habrá pocos como tú, si es eso a lo que te refieres. Pero, en serio, verás como no pondrás a prueba tu capacidad de resistencia; te prometo que no tendrás que jugar al croquet, ni hablar con la esposa del arcediano, ni hacer nada que pueda causar agotamiento físico. Lo único que te pido es que vistas tus más lindas galas, pongas una expresión medianamente amable y comas bombones de chocolate con el apetito de un loro aburrido, nada más.
        Reginald cerró los ojos.
        –Habrá jóvenes de esas que quieren estar siempre a la última y me preguntarán si he visto San Toy;°San Toy, or The Emperor's Own es una comedia musical en dos actos de tema chino con libreto de Edward Morton y música de Sidney Jones, estrenada en Londres en 1899, que tuvo un gran éxito. y otras menos instruidas que estarán deseando que les hablen del Diamond Jubilee... el acontecimiento histórico, no el caballo.°Se refiere a las ‘bodas de diamante’ de la reina Victoria, celebradas en 1897.  Y con poco que se animen querrán saber si vi a los Aliados entrando en París. ¿Por qué les gustará tanto a las mujeres desenterrar el pasado? Son tan malas como los sastres, que invariablemente nos recuerdan lo que les debemos por un traje que hace ya mucho que dejamos de ponernos.
        –Encargaré la comida para la una, así te quedarán dos horas y media para arreglarte.
        Reginald frunció la frente con expresión de martirio y supe que me había salido con la mía. Estaba preguntándose qué corbata iría bien con qué chaleco.
        Pero yo seguía teniendo mis dudas.

De camino a casa de los McKillop, Reginald mostró estar poseído de una gran paz, no enteramente explicable por el hecho de haber logrado embutir los pies en unos zapatos un número menor. Recelando más que nunca, en cuanto introduje a Reginald en el jardín de los McKillop lo coloqué junto a un incitante plato de marrons glacés, y lo más lejos posible de la esposa del arcediano; y cuando ya me apartaba a una diplomática distancia oí con dolorosa claridad que la mayor de las hijas Mawkby le preguntaba si había visto San Toy.
        Debieron de pasar diez minutos, no más, durante los cuales yo había mantenido una agradable charla con mi anfitriona, le había prometido que le prestaría La ciudad eterna° Obra del novelista y dramaturgo victoriano y eduardino inglés Sir Thomas Henry Hall Caine (1853-1931), autor sumamente popular en su tiempo, muchas de cuyas novelas fueron llevadas al cine. Historias de triángulos amorosos e índole romántica. y mi receta de conejo con mayonesa, y me disponía a ofrecerle un lindo hogar para su tercer gatito persa, cuando por el rabillo del ojo advertí que Reginald no estaba donde lo había dejado y los marrons glacés seguían intactos. Al mismo tiempo me percaté de que el viejo coronel Mendoza se disponía contar su clásica historia de cómo introdujo el golf en la India, y de que Reginald se hallaba peligrosamente cerca. Hay ocasiones en que Reginald es miel para la boca del Coronel.°«There are occasions when Reginald is caviare to the Colonel», en el original; compárese con la famosa frase de Shakespeare «twas caviary to the general», el público, quería decir.
        –Estaba yo en Pune en el setenta y seis...
        –Querido coronel –susurró Reginald con voz persuasiva–, me sorprende que diga eso. ¿No ve que así delata su edad? Yo jamás admitiría estar en el mundo en el setenta y seis. –(Ni aun cuando más garrafalmente cae Reginald en la verdad admite tener más de veintidós años.)
        El coronel se puso del color de un higo muy maduro y Reginald, hurtándose a mis esfuerzos por interceptarlo, se escabulló hacia otra parte del jardín. Lo encontré unos minutos después felizmente ocupado en explicarle al más joven de los Rampage la teoría oficial de la mezcla de ajenjo, donde la madre podía oírlo perfectamente. La señora Rampage es miembro destacado de los movimientos antialcohólicos locales.
        Tan pronto como disolví este nada prometedor tête-à-tête y situé a Reginald donde pudiera ver cómo los jugadores de croquet se tiraban los mallos a la cabeza, me puse a buscar a mi anfitriona con la idea de reanudar nuestras gatunas negociaciones en el punto en el que las habíamos interrumpido. No di con ella enseguida, y fue ella al final quien me encontró, aunque no para hablar de gatos.
        –Tu primo está hablando de Zazà°Comedia de Pierre Berton y Charles Simon (1898) y ópera de Leoncavallo (1900) basada en ella. con la esposa del arcediano; o por lo menos él habla, porque ella está llamando a su coche.
        Lo dijo en el tono seco y marcado del que practica ejercicios de dicción francesa, y supe que en lo que a Millie McKillop concernía, Wumples estaba condenado a una soltería vitalicia.
        –Si no te importa –me apresuré a decir–, también nosotros querríamos llamar a nuestro coche. –Y a paso ligero me dirigí al campo de croquet.
        Hallé a todo el mundo hablando del tiempo y de la guerra en Sudáfrica nerviosa y febrilmente, menos a Reginald, que estaba reclinado en una cómoda silla y tenía la expresión soñadora y distante que pondría un volcán después de haber arrasado unas cuantas poblaciones. La esposa del arcediano estaba abotonándose los guantes con tal concentración y prisa que infundía miedo. Pensé que debería triplicar mi contribución a su Fondo para las Alegres Veladas Dominicales si quería volver a poner los pies en su casa.
        En ese momento dieron fin los jugadores de croquet al juego, que se había prolongado toda la tarde sin asomos de próximo término. ¿Por qué tenían que dejarlo justo cuando más falta hacía una distracción?, me pregunté. Todo el mundo parecía atraído hacia la zona del terremoto, cuyo epicentro eran la silla de la esposa del arcediano y la de Reginald. Cesaron las conversaciones y se hizo ese expectante silencio que precede al alba... cuando no tiene uno vecinos con gallos.
        –¿Qué hizo el mar Muerto? –espetó de pronto Reginald.
        Hubo amagos de estampida. La esposa del arcediano me miró. Kipling o no sé quién ha descrito en algún sitio la mirada que pone un camello reventado cuando ve que la caravana se pone en marcha y lo deja librado a su suerte. El peptonizado reproche que se pintaba en los ojos de la señora me trajo el pasaje a la memoria vívidamente.
        Jugué mi última baza.
        –Reginald, se está haciendo tarde y empieza a levantarse la niebla del mar. –Yo sabía que el sofisticado rizo que llevaba sobre la ceja derecha podía no sobrevivir a la niebla del mar.


        –Nunca, nunca más te llevaré a una fiesta. Nunca... Te comportas de una manera abominable... ¿Qué hizo el mar Muerto?
        Una sombra de sincero pesar por trilladas respuestas pasó por la cara de Reginald.
        –Después de todo –dijo–, creo que una corbata color albaricoque habría ido más a juego con el chaleco lila.

 

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