L A «O B R A» D E U N T R A D U C T O R
El drama de Reginald
Hector Hugh Munro, «Saki»
Traducción de Juan Manuel Salmerón
Título original: «Reginald’s drama», en Reginald
Reginald cerró los ojos con el estudiado cansancio de quien tiene unas bonitas pestañas y piensa que de nada sirve ocultarlo.
–Uno de estos días –dijo– voy a escribir un gran drama. Nadie va a entender de qué va, pero todos saldrán sintiendo cierta insatisfacción con su vida y su entorno. Luego cambiarán el papel de las paredes y se olvidarán.
–¿Y qué pasará con los que las tengan revestidas de madera? –preguntó el otro.
–Siempre podrán cambiar las alfombras –contestó Reginald–, y de todas maneras no es responsabilidad mía que el espectador tenga un final feliz. El drama pondrá bastante a prueba nuestras energías. Tengo que conseguir a un obispo para que diga que es una obra bella e inmoral... a ningún dramaturgo se le ha ocurrido esto, y así todos irán a verla para criticar al obispo y de puro nerviosos se quedarán hasta el final. Después de todo, se necesita mucho valor moral para abandonar aparatosamente el teatro en mitad del segundo acto, cuando no se tiene pedido el coche hasta las doce. Y empezará con unos lobos atacando una presa en un yermo solitario... desde luego, el público no verá a los lobos, pero los oirá gruñir y mascar, y ya veré cómo consigo que por todo el teatro se difunda un olor a lobo. Quedará la mar de bien en el programa: «Lobos en el primer acto, por Jamrach».°Charles Jamrach (1815–1891) fue un traficante de animales salvajes. Y la anciana señora Whortleberry, que no se pierde un estreno, pegará un grito. Desde que se le murió el primer marido está siempre muy nerviosa. El pobre murió de pronto viendo una partida de críquet en el campo. Llovieron ciento veintisiete litros por metro cuadrado en lo que tardaron en hacer siete puntos, y al parecer lo mató la excitación. El caso es que ella quedó muy afectada, ya ves, era el primer marido que perdía, y ahora siempre da un grito si ocurre algo emocionante que la pille recién cenada. Y cuando el público oiga a la señora Whortleberry gritar, la cosa estará ya bastante lanzada.
–¿Y la trama?
–La trama –contestó Reginald– consistirá en uno de esos dramitas que vemos todos los días a nuestro alrededor. Estoy pensando en los Mudge-Jervises, que a su modesta manera tienen mucho de Enoch Arden y esposa.°«Enoch Arden» (1864) es el título de un poema de Alfred Tennyson cuyo protagonista es un náufrago que, tras pasar diez años en una isla desierta, regresa a casa y se encuentra a su mujer felizmente casada con otro. Solo llevaban casados un año y medio y, por circunstancias, apenas se veían. Él siempre tenía que jugar una partida de algo en algún sitio del país, y ella se pasaba la vida visitando los barrios bajos, lo que se tomaba tan en serio como si fuera un deporte. Supongo que para ella lo era. Pertenecía a la Cofradía de las Pobrecitas Mías, que tenía a gala haber reformado casi a una lavandera. Nunca nadie ha reformado del todo a una lavandera y por eso es tan dura la competencia. Mozas de la limpieza sí se pueden reformar a porrillo con un té y un poco de carisma personal, pero con las lavanderas es otra cosa, cobran demasiado. Lo de esta lavandera que digo, que era de Bermondsey o por ahí, fue una empresa de lo más prometedora, y llegaron a pensar que podían exhibirla como ejemplo de trabajo logrado. Un día decidieron presentarla en sociedad y la llevaron al salón de Agatha Camelford. Quiso la mala suerte que entre las cosas de picar hubiera por error unos bombones de licor que tenían poco chocolate y mucho licor. Y, claro, la pobre los vio y no dejó ni uno. Fue como encontrarse un merendero en pleno desierto, como ella misma medio explicó más tarde. Cuando el licor empezó a surtir efecto, se puso a imitarles a las otras a los animales de corral que ella conocía de Bermondsey. Empezó con el oso bailarín, y ya sabes lo poco que le gustan a Agatha los bailes, si no son en Buckingham Palace y bajo el debido control. Luego se subió al piano y les interpretó al mono de un organillero, deduzco que en una versión realista más que maeterlinckiana. Al final se cayó dentro del piano e imitó a un loro enjaulado, y creo que, para ser improvisada, fue una actuación excelente; nadie había oído nada igual, si exceptuamos a la baronesa Boobolstein, que había asistido a varias sesiones del parlamento austríaco. Ahora Agatha está haciendo una cura de reposo en Buxton.
–Pero ¿y el drama?
–Ah, sí, los Mudge-Jervises. Bueno, pues eran bastante felices y su vida conyugal era un continuo intercambio de postales, cuando un día se encontraron en un terreno neutral en el que coincidían las partidas de algo y las lavanderas, y se descubrieron irreconciliablemente divididos por la cuestión fiscal. Han pensado que lo mejor es separarse, ella se queda con la custodia de los gatos persas, que tendrá nueve meses al año y le pasará a él en invierno, mientras esté en el extranjero. Ahí tienes material para un drama sacado directamente de la vida... y que podría titularse El precio que pagaron por el imperio. Desde luego, tendré que documentarme sobre la cuestión de la lucha entre herencia y medio y todo eso. El padre de ella podría ser embajador en alguna pequeña corte alemana, y de ahí le vendría a la hija la pasión por visitar pobres, pese a haber recibido una educación esmeradísima. «C’est le premier pas qui compte», como dijo el cuco que se comió a su padre adoptivo. Me parece bastante inteligente.
–¿Y los lobos?
–Ah, los lobos serán una especie de enigmático tema de fondo que nunca quedará bien explicado. Después de todo, la vida está llena de cosas que no tienen sentido. Y siempre que los personajes se queden sin nada brillante que decir sobre el matrimonio o la guerra, podrán abrir la ventana y oír aullar a los lobos. Aunque esto pasará pocas veces.