L A «O B R A» D E U N T R A D U C T O R
Sonidos
Vladimir Nabokov
Traducción de Juan Manuel Salmerón, 2010
Título original: «Sounds»,
en Collected stories
Hubo que cerrar la ventana: la lluvia batía en el alféizar y salpicaba el entarimado y los sillones. Con un sonido fresco y deslizante, enormes espectros plateados corrían por el jardín, entre la vegetación, por la arena anaranjada. El canalón tableteaba y borbollaba. Tú estabas tocando a Bach.
°Tocata y fuga en re menor BMV 565.
El piano tenía alzada su ala lacada y bajo el ala había una lira cuyas cuerdas recorrían como en oleadas los macillos. Parte de la alfombra de brocado, formando bastos pliegues, se había deslizado de la cola del piano, arrastrando consigo una partitura que yacía abierta en el suelo. A cada rato, en medio del frenesí de la fuga, se oía el tintín de tu anillo golpeando las teclas como la lluvia de junio, incesante y soberbia, azotaba los cristales de la ventana. Y tú, sin dejar de tocar, con la cabeza ligeramente ladeada, exclamabas, al ritmo de las notas:
–La lluvia, la lluvia... Ahogaré el ruido de la lluvia...
Pero no podías.
Olvidando los álbumes que yacían sobre la mesa como ataúdes de terciopelo, me quedé mirándote y escuché la música, la lluvia.
Me embargó una sensación de frescura, como una fragancia de claveles húmedos que se desprendiera de todo, de las estanterías, del ala del piano, de los cristales ovalados de la lámpara.
Percibí, con una sensación de equilibrio extático, la relación musical que había entre los espectros plateados de la lluvia y tus hombros inclinados, que se estremecían cuando tus dedos pulsaban el teclado ondulante. Y luego, ya ensimismado profundamente, el mundo entero me pareció así: homogéneo, coherente, acotado por las leyes de la armonía. Yo mismo, tú, los claveles, todas las cosas éramos como notas verticales de un pentagrama. Supe que todo lo que hay en el mundo es un juego de las mismas partículas en combinaciones diferentes: los árboles, el agua, tú... Todo era uno, equivalente, divino. Te levantaste. La lluvia seguía eclipsando la luz del sol. Los charcos eran como agujeros en la arena oscura, aberturas a cielos que se deslizaban bajo tierra. En un banco, que relucía como porcelana, estaba tu raqueta olvidada: las cuerdas se habían vuelto marrones con la lluvia y el aro combado tenía forma de ocho.
Cuando enfilamos el camino del parque, las sombras abigarradas y el olor a hongo podrido me marearon un poco.
Te recuerdo bañada por un repentino rayo de sol. Tus codos eran puntiagudos y tus ojos se veían cenicientos. Hablabas hendiendo el aire con el fino canto de tu mano menuda y con el centelleo de la pulsera que llevabas en la delgada muñeca. Tus cabellos se fundían con el aire luminoso que vibraba a su alrededor. Fumabas mucho y nerviosamente. Expulsabas el humo por la nariz y sacudías al lado la ceniza. La mansión gris perla en la que vivías estaba a cinco verstas de la mía. Por dentro todo brillaba, era lujosa y fría. Una revista de la ciudad había publicado una foto de ella. Casi todas las mañanas montaba en el sillín de cuero de mi bicicleta y recorría deprisa el camino que atravesaba los bosques; llegaba a la carretera, pasaba el pueblo y enfilaba el otro camino que me llevaba a ti. Contabas con que tu marido no viniera en septiembre. Nada temíamos, ni tú la murmuración de los criados, ni yo las sospechas de mi familia. Cada cual a su modo, confiábamos en la suerte.
Tu amor era callado, como tu voz. Parecía que amabas con sordina, y nunca hablabas de amor. Eras una de esas mujeres parcas en palabras a cuyo silencio se acostumbra uno al instante. Pero a veces algo dentro de ti estallaba. Entonces tu enorme Bechstein tronaba o, mirando nebulosamente al frente, me contabas anécdotas divertidas de tu marido y sus camaradas de regimiento. Recuerdo tus manos, alargadas y pálidas, con venas azules.
Ese día feliz de lluvia batiente en que tú tocaste tan bien se aclaró aquel algo confuso que imperceptiblemente se había interpuesto entre nosotros después de las primeras semanas de amor. De pronto supe que no tenías poder sobre mí, que mi amante no eras tú sola sino toda la tierra. Fue como si mi alma hubiera desplegado innumerables antenas sensitivas y yo viviera dentro de todo, percibiera el fragor de las cataratas del Niágara allende el océano
y al mismo tiempo el repiqueteo de los goterones dorados y alargados que caían en el camino.
Miré la corteza rutilante de un abedul y sentí que, en lugar de brazos, yo tenía ramas inclinadas llenas de hojitas mojadas, y en lugar de piernas, miles de raíces delgadas que se enroscaban en la tierra y la permeaban. Quería fundir mi ser con la naturaleza toda, sentirme una vieja seta con su sombrerete amarillo y esponjoso, y una libélula, y el disco solar. Me sentí tan feliz que rompí a reír y te besé en la clavícula y en la nuca. Y te habría recitado un poema, si no hubieras detestado la poesía.
Sonreíste con una sonrisa leve y dijiste:
–¡Qué agradable es después de la lluvia! –Te quedaste pensando un minuto y añadiste–: Mira, acabo de acordarme... Estoy invitada a tomar el té en casa de... ¿cómo se llama?... Pal Palych. ¡Qué lata! Pero, ya ves, tengo que ir...
Pal Palych era un viejo conocido mío. Íbamos a pescar juntos, y a veces, con una voz de tenor que parecía rechinar, se arrancaba a cantar Campanadas al atardecer.°Canción popular rusa. Una encendida gota me cayó en los labios. Me brindé a acompañarte.
Te encogiste de hombros como estremecida.
–Nos aburriremos mortalmente. Es horrible. –Te miraste la muñeca y suspiraste–. Hora de ir. Tengo que cambiarme de zapatos.
En tu habitación en penumbra, el sol se filtraba por la persiana bajada y dibujaba en el suelo una escala de oro. Dijiste algo con tu voz queda. Fuera, los árboles se esponjaban y goteaban con un castañeteo alegre. Y yo, sonriendo por aquel ruido, sin fuerza ni avidez, te abracé.
Ocurrió así. A una orilla del río se extendía tu parque, tus prados, y a la otra el pueblo. La carretera tenía profundas rodadas. El barro era una violeta lozana y los surcos estaban llenos de un agua burbujeante de color café con leche. La sombra oblicua de las isbas de troncos negros se proyectaba en el suelo con particular nitidez.
Caminamos a la sombra por un camino cuajado de pisadas, pasamos una tienda de comestibles, pasamos una taberna con un letrero esmeralda, pasamos patios soleados en los que flotaba olor de estiércol y heno fresco.
La escuela era nueva, de piedra, con arces plantados alrededor. En el umbral había una campesina escurriendo un trapo en un cubo y sus pantorrillas relucían.
–¿Está Pal Palych? –le preguntaste.
La mujer, con sus pecas y trenzas, entornó los ojos ante el sol.
–Sí, sí. –Y al retirarlo con el pie, el cubo de metal tintineó–.
Pase, señora, está en el taller.
Cruzamos un vestíbulo resonante, un aula grande.
Al pasar vi un mapa azul y pensé que eso era Rusia: sol y vacío... En un rincón centelleaba una tiza reducida a polvo.
El pequeño taller, al fondo, olía gratamente a cola de carpintero y a serrín de pino. Sin chaqueta, sudando y jadeando, con la pierna izquierda estirada, Pal Palych cepillaba concentrado un tablero blanco que rechinaba.
Su coronilla calva y sudada iba y venía en medio de un rayo de sol polvoriento. En el suelo, bajo el banco, las virutas parecían finos rizos de cabello.
Yo di una voz:
–¡Pal Palych, tienes invitados!
Él se sobresaltó, se confundió, te besó educado la mano que le tendiste con ese ademán lánguido que yo conocía tan bien, y a mí me dio un apretón de manos con sus dedos sudados. Su cara parecía modelada en arcilla, con los bigotes lacios e insospechadamente llena de arrugas.
–Perdonad... No estoy vestido –dijo con una sonrisa culpable. Cogió un par de puños de camisa que había de pie, uno al lado de otro, como cilindros, sobre el alféizar, y se los puso apresurado.
–¿En qué estás trabajando? –le preguntaste con un centelleo de pulsera.
Pal Palych se embutía en la chaqueta con movimientos sinuosos.
–En nada, me entretengo –balbució, trastabillando un poco en las consonantes dentales–. Quiero hacer un estante. Lo tengo a medio. Aún me queda lijarlo y barnizarlo. Pero mirad esto... lo llamo la Mosca...
Con un frote enérgico de las palmas, hizo rotar una especie de helicóptero en miniatura que se elevó zumbando en el aire, chocó contra el techo y cayó.
Una sombra de sonrisa cortés pasó por tu cara.
–Oh, tonto de mí –dijo Pal Palych–. Amigos, os esperaba arriba... Esta puerta rechina. Lo siento. Permitidme que vaya primero. Tengo el cuarto hecho un desastre...
–Creo que se ha olvidado de que me invitó –dijiste en inglés cuando empezamos a subir las escaleras rechinantes.
Yo contemplaba tu espalda, los cuadros de tu blusa de seda. Abajo, seguramente en el patio, se oyó la voz potente de una campesina:
–¡Gerosim! ¡Eh, Gerosim!
Y de pronto tuve la suprema certeza de que el mundo llevaba siglos floreciendo y marchitándose, dando vueltas y cambiando, solo para que ahora, en este instante, pudieran combinarse y fundirse en un acorde vertical la voz que acababa de resonar abajo, el movimiento de tus omóplatos sedosos y el olor a madera de pino.
El cuarto de Pal Palych era luminoso y más bien pequeño. Sobre la cama, clavado en la pared, había un tapiz rojo con un león amarillo bordado en el centro. En otra pared, en un marco, había una reproducción de un capítulo de Anna Karenina con las letras y los renglones distribuidos de tal manera que los contrastes de luces y sombras formaban el retrato de Tolstoi.
Frotándose las manos, nuestro anfitrión te ofreció un asiento. Al hacerlo, tiró con el faldón de la chaqueta un álbum que había sobre la mesa. Lo recogió. Sirvió té, yogur y unas pastas insípidas. Del cajón de un aparador sacó una lata floreada de caramelos Landrin. Al inclinarse, se le formó en la nuca, contra el cuello de la chaqueta, un pliegue de piel granujienta. En el alféizar de la ventana había una tela de araña en la que se veía un abejorro amarillo muerto.
–¿Dónde está Sarajevo? –preguntaste de pronto, haciendo crujir una hoja de periódico que habías tomado lánguidamente de una silla. Pal Palych contestó, mientras servía el té:
–En Serbia.
Y con mano temblorosa y mucho cuidado, te pasó un vaso humeante montado en plata.
–Conque aquí estáis. ¿No queréis unas pastas?... ¿Y para qué están tirando bombas? –me dijo a mí encogiéndose de hombros.
Yo estaba examinando por enésima vez un pisapapeles de vidrio macizo. Dentro, en medio de un azul rosado, se veía una catedral de San Isaac envuelta en granitos de arena dorados. Tú te reíste y leíste en voz alta:
–Ayer arrestaron a un comerciante del Segundo Sindicato llamado Yeroshin en el restaurante Quisisana. Al parecer, con el pretexto de... –Te reíste de nuevo–. No, lo demás es indecente.
Pal Palych se azoró, le subió a la cara un rubor pardusco y se le cayó la cuchara. Las hojas de los arces brillaban justo debajo de la ventana. Pasó un carro traqueteando.
Se oyó una voz tierna y lastimera:
–¡Helados!
Empezó a hablar de la escuela, de borrachos, de la trucha que había aparecido en el río. Me quedé observándolo y tuve la impresión de que lo veía por primera vez, aunque éramos viejos conocidos. La imagen que tuve de él cuando nos conocimos debió de grabárseme en la mente para no cambiar ya, como algo que aceptamos y a lo que nos habituamos. Cuando pensaba en Pal Palych, me lo imaginaba, no sé por qué, no solo con un bigote de color rubio oscuro, sino hasta con una barbita del mismo color. Una barba imaginaria es característica de muchas caras rusas. Ahora que lo miraba con ojos, por así decirlo, interiores, me di cuenta de que en realidad su barbilla era lampiña y redondeada y tenía un hoyuelo. La nariz era carnosa, y en el párpado izquierdo le vi una especie de verruga que me habría gustado cortarle... aunque eso habría significado matarlo. Aquel granito encerraba a mi amigo, total e íntegramente. Cuando comprendí todo esto, y examiné toda su persona, hice el más leve de los movimientos –di un empujoncito a mi alma pendiente abajo– y me deslicé dentro de su ser, me acomodé en su interior, y sentí como desde dentro aquella excrecencia de su párpado arrugado, las solapas almidonadas de la camisa y la mosca que se paseaba por su calva. Examiné todo lo suyo con mirada límpida y errante. El león amarillo que colgaba sobre la cama me resultó familiar como si hubiera estado en la pared de mi casa desde niño. La postal de colores, en su cristal convexo, me pareció algo extraordinario, alegre y lleno de gracia. No eras tú quien estaba sentada frente a mí, en una butaca de mimbre a la que mi espalda se había acostumbrado, sino la benefactora de la escuela, una señora callada a la que apenas conocía. Y acto seguido, con el mismo movimiento levísimo, me introduje en ti, noté la liga de una media por encima de la rodilla y algo más arriba el cosquilleo de la batista, y pensé, en tu lugar, que me aburría, que hacía calor, que quería fumar. Y en ese momento sacaste una pitillera dorada del bolso e insertaste un cigarrillo en la boquilla. Y yo estaba dentro de todo: de ti, del cigarrillo, de la boquilla, de Pal Palych, que se apresuraba torpemente a encender un fósforo, dentro del pisapapeles de vidrio, del abejorro muerto del alféizar.
Han pasado muchos años y no sé qué habrá sido del tímido y rollizo Pal Palych. Pero a veces, cuando menos me acuerdo de él, se me aparece en sueños, traído de golpe a mi existencia cotidiana. Entra en un cuarto sonriendo, con sus andares nerviosos y un sombrero de paja flexible en la mano; saluda inclinándose mientras camina, se enjuga la calva y el cuello rojizo con un pañuelo enorme. Y cuando sueño con él, tú apareces siempre en el sueño, con un aire perezoso y una camisa de seda con cinturón.
No estaba yo muy locuaz aquel día maravilloso y feliz. Tragué los viscosos grumos del yogur y me concentré en oír todos los sonidos. Cuando Pal Palych calló, pude oír gruñir sus tripas: un murmullo seguido de un leve borborigmo. Él entonces carraspeó con fuerza y empezó a hablar de no sé qué con voz atropellada. Atascándose, sin encontrar las palabras, frunció el entrecejo y tamborileó con los dedos en la mesa. Tú te reclinaste en la butaca, impávida y silenciosa. Volviste la cabeza hacia mí, mientras te ajustabas, con los angulosos codos levantados, las horquillas del pelo, y me miraste por debajo de las pestañas. Pensabas que me sentía violento ante Pal Palych porque nos habíamos presentado juntos y podía sospechar de nuestra relación. Y a mí me divertía que lo pensaras, y me divertía ver cómo Pal Palych, tímida y melancólicamente, se ponía rojo cada vez que tú, adrede, mencionabas a tu marido y su trabajo.
Frente a la escuela, al pie de los arces, se derramaba la luz del sol ocre y caliente. Pal Palych nos despidió en la puerta con una inclinación, agradeciéndonos la visita, y de nuevo se inclinó en el umbral, y un termómetro centelleó, cristalino, en la pared de fuera.
Cuando dejamos atrás el pueblo, cruzamos el puente y empezamos a subir por el sendero hacia tu casa, te cogí del codo y pusiste una de esas medias sonrisas que me decían que eras feliz. De pronto tuve deseos de hablarte de las arrugas de Pal Palych, de la catedral constelada, pero tan pronto como empecé, tuve la sensación de que erraba las palabras, de que decía cosas absurdas, y cuando tú me dijiste cariñosamente: «Decadente», cambié de tema. Yo sabía lo que querías: sentimientos sencillos, palabras sencillas. Tu silencio era tranquilo y natural, como el de las nubes y las plantas. Todo silencio esconde un misterio. Había mucho en ti que parecía misterioso.
Un campesino con blusón afilaba la guadaña con energía y estridencia.
Unas mariposas volaban sobre las escabiosas no segadas. Por el camino venía, en sentido contrario, una joven con un pañuelo verde claro sobre los hombros y margaritas en el pelo moreno. Yo la había visto ya tres o cuatro veces, y su cuello fino y tostado se me había quedado grabado en la memoria. Cuando nos cruzamos, te fulminó con una mirada atenta de sus ojos levemente achinados. Luego saltó con cuidado la cuneta y desapareció entre los alisos. Un temblor de plata recorrió los arbustos mates. Tú dijiste:
–Apuesto a que estaba paseándose por mi parque. ¡Cómo detesto a estos veraneantes...!
Un fox terrier, una hembra vieja y regordeta, venía trotando por el camino en pos de su dueña. A ti te encantaban los perros. El animal se nos acercó arrastrando la tripa, meneándose y con las orejas gachas. Estiraste la mano y la perra, dándose la vuelta, mostró su panza rosada salpicada de motas grises.
–Hola, perrito –dijiste con tu voz a la vez acariciadora y excitante.
El perro estuvo revolcándose un rato, luego dio un ladridito y al trote cruzó la cuneta.
Cuando ya casi habíamos llegado a la primera entrada del parque, te apeteció fumar, pero, después de rebuscar en el bolso, te sonreíste:
–¡Qué tonta! Me he dejado la boquilla en su cuarto. –Me tocaste en el hombro–. Amor, ve por ella. O no podré fumar.
Yo reí y besé tus pestañas mimosas y tus labios risueños.
Y cuando ya me alejaba me gritaste:
–Y date prisa.
Yo eché a correr, no porque hubiera mucha prisa, sino porque todo a mi alrededor corría: la iridiscencia de los arbustos, la sombra de las nubes en la hierba húmeda, las flores púrpuras que se refugiaban en un barranco huyendo de la guadaña fulminante.
Unos diez minutos después subía, acalorado y jadeante, los escalones de la escuela. Aporreé la puerta marrón. Dentro chirrió el muelle de un colchón. Giré la manivela, pero la puerta estaba cerrada con llave.
–¿Quién es? –se oyó la voz embarazada de Pal Palych.
–¡Ábreme, hombre! –grité yo.
El colchón rechinó de nuevo. Se oyeron pasos de pies descalzos.
–¿Por qué te cierras con llave, Pal Palych? –Enseguida noté que tenía los ojos enrojecidos.
–Entra, entra... Me alegro de verte. Ya ves, estaba durmiendo. Entra.
–Nos hemos olvidado la boquilla –dije, procurando no mirarlo a la cara.
Al final encontramos el tubito esmaltado verde debajo de la butaca. Me lo guardé en el bolsillo. Pal Palych se sonó ruidosamente con el pañuelo.
–Es una mujer maravillosa –dijo de pronto, sentándose en la cama con pesadez. Suspiró y me miró de reojo–. Las mujeres rusas tienen cierto... –Arrugó el entrecejo y se frotó la frente–. Cierto... –carraspeó ligeramente– espíritu de sacrificio. No hay nada más sublime en el mundo. Un espíritu de sacrificio sutilísimo y sublime. –Juntó las manos en la nuca y puso una sonrisa beatífica–. Un espíritu de sacrificio... –Se quedó callado y al cabo me preguntó, ya en un tono distinto, el tono que usaba a menudo para hacerme reír–: ¿Y qué más te cuentas, amigo mío?
Quise darle un fuerte abrazo, decirle algo lleno de calor, algo que necesitara oír.
–Tienes que salir a pasear, Pal Palych. ¿De qué sirve quedarte aquí a compadecerte?
Hizo un ademán de rechazo.
–He visto todo lo que hay que ver. Para salir y morirme de calor... –Se pasó la mano por los ojos hinchados y el bigote, de arriba abajo–. A lo mejor esta noche voy a pescar un rato. –La especie de verruga del párpado palpitó.
Tendría que haberle dicho: «Querido Pal Palych, ¿por qué llorabas hace un momento con la cara hundida en la almohada? ¿Es simple fiebre del heno, o alguna pena seria? ¿Has amado alguna vez a una mujer? ¿Y por qué lloras en un día como este, con el espléndido sol y los charcos que hay fuera?».
–Bueno, tengo que irme, Pal Palych –le dije, mirando los vasos que seguían donde los habíamos dejado, el retrato tipográfico de Tolstoi, las botas con lazos como orejas debajo de la mesa.
Dos moscas se posaron en el suelo rojo. Una montó sobre la otra. Zumbaron y echaron a volar.
–Sin rencores –dijo Pal Palych suspirando despacio. Sacudió la cabeza–. Sabré sonreír y sobrellevarlo... vete, no dejes que te retenga.
De nuevo corría por el camino, junto a los alisos. Sentía que me había bañado en el dolor de otro, que estaba radiante con sus lágrimas. Era un sentimiento de felicidad que desde entonces he experimentado pocas veces: ante un árbol inclinado, un guante roto, el ojo de un caballo. Era de felicidad porque fluía armoniosamente. Era de felicidad como es feliz todo movimiento o radiación. Una vez me escindí en millones de seres y objetos. Hoy soy uno; mañana me escindiré de nuevo. Así se transforma y modula todo. Aquel día me sentía en la plenitud de mi ser. Conocía que todo lo que me rodeaba eran notas de una sola y misma armonía, conocía –secretamente– la fuente y el inevitable desenlace de aquella conjunción instantánea de sonidos, y el nuevo acorde que cada nota engendraría al dispersarse. El oído musical de mi alma lo conocía y abarcaba todo.
Venías a mi encuentro por la zona pavimentada del jardín, junto a los escalones de la galería, y lo primero que me dijiste fue:
–Mi marido ha llamado desde la ciudad mientras yo estaba fuera. Llega a eso de las diez. Debe de haber pasado algo. Quizá es que lo trasladan...
Un avecilla de las nieves, cual ráfaga de viento azul y gris, cruzó la arena a pasitos rápidos: hacía un alto, daba dos o tres pasitos, otro alto, más pasitos. El ave, la boquilla en la mano, tus palabras, las manchas de sol de tu vestido... No podía ser de otra manera.
–Sé lo que estás pensando –dijiste, frunciendo el ceño–. Estás pensando que alguien se lo dirá y qué pasará. Pero eso no importa... ¿Sabes qué...?
Te miré a la cara. Te miré con toda mi alma, de frente. Choqué contigo. Tus ojos eran límpidos, como si les hubieran quitado una película de papel de seda, como esas que protegen las ilustraciones de ciertos libros lujosos. Y, por primera vez, tu voz sonó límpida también.
–¿Sabes qué he decidido? Escucha. No puedo vivir sin ti. Y así voy a decírselo. Me concederá el divorcio enseguida. Y luego, digamos en otoño, tú y yo podríamos...
Te interrumpí con mi silencio. Te moviste un poco y un rayo de sol saltó de tu falda a la arena.
¿Qué podía decirte? ¿Podía hablar de libertad, de esclavitud, decirte que no te amaba lo suficiente? No, no podía.
Transcurrió un instante. En ese instante ocurrieron muchas cosas en el mundo: zozobró un gran barco de vapor, se declaró una guerra, nació un genio. Y el instante acababa de pasar.
–Toma, tu boquilla –dije–. Estaba debajo de la butaca. ¿Y sabes qué? Cuando llegué, Pal Palych debía de estar...
–Bien –dijiste tú–. Ya puedes irte.
Diste media vuelta y echaste a correr escalera arriba. Empuñaste la manivela de la puerta acristalada, pero no pudiste abrirla enseguida. Eso debió de desesperarte.
Me quedé un rato en el jardín, en el aire templado y húmedo. Luego, con las manos en los bolsillos, andando por la moteada arena, rodeé la casa. Encontré mi bicicleta en el porche de la entrada. Apoyado en los puños del manillar, pedaleé por el camino del parque. Aquí y allá se veían sapos. Sin darme cuenta pasé por encima de uno. ¡Plas! Al final del camino había un banco. Apoyé la bici en un árbol y me senté en la blancura apetecible del asiento. Pensé que en un par de días recibiría una carta tuya pidiéndome que volviera, y yo no acudiría. Tu casa fue alejándose a una melancólica distancia, con su piano de cola, los tomos polvorientos de la Revista de Arte, las siluetas en sus marcos redondos. Era delicioso perderte. Desapareciste bruscamente por la puerta acristalada, pero una mujer distinta se fue de otra manera, abriendo sus pálidos ojos a mis besos alegres.
Estuve allí sentado hasta que atardeció. Pequeños mosquitos volaban como movidos por hilos invisibles. De pronto, noté algo que brillaba... era tu vestido, eras tú...
¿No se habían extinguido las últimas vibraciones? Por eso me desasosegó encontrarte allí de nuevo, caminando y acercándote, aún fuera de mi campo visual. Con un esfuerzo, volví la cabeza. No eras tú, sino la chica del pañuelo verde... ¿recuerdas, la que nos cruzamos? ¿La del fox terrier de la panza graciosa?
Siguió adelante, se escabulló por entre el follaje, cruzó el puentecillo que llevaba a un pequeño quiosco con vidrieras. La chica se aburre, se pasea por tu parque; seguramente acabaremos conociéndonos.
Me levanté despacio, despacio salí del parque quieto y tomé el camino principal hacia una puesta de sol inmensa. En una curva adelanté a un coche. Era tu cochero, Semyon, que iba al paso camino de la estación. Cuando me vio, se quitó la gorra despacio, se atusó los pelos lacios y brillantes de la nuca y volvió a encasquetarse la gorra. Llevaba, doblada en el asiento, una manta de viaje. Un reflejo extraño pasó por el ojo del caballo negro. Cuando, sin pedalear, me lancé pendiente abajo hacia el río y emboqué el puente, vi abajo el sombrero de paja y los hombros redondeados de Pal Palych, que estaba sentado en un saliente de la caseta de baño, con una caña de pescar en la mano.
Frené y me apoyé con la mano en el pretil.
–¡Eh, eh, Pal Palych! ¿Pican o qué?
Él miró hacia arriba y me hizo una seña familiar.
Un murciélago sobrevoló la superficie rosácea y espejeante del agua. El reflejo de la vegetación parecía una cenefa negra. Desde allá abajo, Pal Palych gritaba y agitaba la mano. Otro Pal Palych se estremecía en las ondas negras. Riendo fuerte, me solté de la baranda con impulso.
Dejé atrás las isbas rodando sin ruido por el bien apisonado camino. Resonaban mugidos en la atmósfera sin luz;
unas aves alzaron el vuelo con estrépito.
Y luego, al salir a la carretera, en el vasto ocaso, en medio de los campos levemente brumosos, se hizo el silencio.