El duende del bosque

Vladimir Nabokov

 

Traducción de Juan Manuel Salmerón

 

Título original: «The wood-sprite»,
en Collected stories

 

 

 

Yo estaba abstraído contorneando con una pluma la sombra trémula y circular de un tintero. En una estancia lejana un reloj dio la hora, cuando, soñador como soy, estaba imaginándome que alguien llamaba a la puerta, primero quedamente, luego más y más fuerte. Dio doce golpes y quedó expectante.
        –Sí, aquí estoy, entra...
        Rechinó tímidamente el pomo de la puerta, titiló la llama de la vela derretida, y él, dando un salto a un lado, salió de un rectángulo de sombra, encorvado, grisáceo, cubierto de la escarcha de la noche fría y estrellada.
        Conocí su cara... ¡Oh, hacía mucho que la conocía!
        El ojo derecho quedaba aún en la sombra, y el izquierdo, alargado, verdigrís, me escrutaba temeroso. La pupila le brillaba como un punto rojo... El mechón de pelo gris musgo de la sien, la casi imperceptible ceja color de plata, la graciosa arruga junto a la boca lampiña... todo esto excitaba y casi hería mi memoria.
        Me levanté, él dio un paso.
        Su raído abriguito parecía estar mal abotonado... como si fuera de mujer. En la mano tenía una gorra... no, no era una gorra, era un triste atadijo oscuro...
        Sí, claro que lo conocía... quizá hasta le había tenido cariño, solo que no recordaba dónde y cuándo nos habíamos visto. Y debimos de vernos con mucha frecuencia, porque de otro modo no habría recordado tan vívidamente aquellos labios rojo oscuro, aquellas orejas puntiagudas, aquella nuez de Adán que daba risa...
        Susurrándole unas palabras de bienvenida, le estreché la mano leve y fría y toqué el respaldo de un sillón raído. Él se sentó como un cuervo se posaría en un tronco y empezó a hablar con precipitación.
        –Dan tanto miedo las calles. Por eso he venido. Venido a visitarte. ¿Me reconoces? Tú y yo solíamos jugar juntos, y corretear y chillar durante días. Hace mucho, en nuestra vieja tierra. ¿No me digas que lo has olvidado?
        Su voz me cegó literalmente. Me sentí deslumbrado y mareado... Recordaba la felicidad, la felicidad única, sin fin, llena de ecos...
        No, no puede ser: estoy solo... No es más que una visión, un delirio. Y, sin embargo, alguien había sentado a mi lado, flaco e inverosímil, con botas alemanas de vuelta ancha, y su voz –dorada, verde fronda, familiar– campanilleaba y susurraba, y sus palabras eran sencillas, humanas...
        –Bien... te acuerdas. Sí, yo fui un elfo del bosque, un duende travieso. Y ahora aquí estoy, he tenido que huir como todos los demás.
        Exhaló un suspiro profundo, y de nuevo vi nubarrones que flotaban, altas frondas ondulantes, troncos de abedul que destellaban como crestas de espuma marina, con un rumor suave y continuo... Se inclinó y delicadamente se asomó a mis ojos.
        –¿Recuerdas nuestro bosque, de abetos negros, de abedules blancos? Lo talaron. El dolor fue insoportable... Veía mis queridos abedules crujir y caer, ¿y qué podía hacer? Me llevaron a los pantanos, lloré, aullé, bramé, rugí, y al final me trasladé a un pinar próximo.
        »La pena y la nostalgia me consumían, todo era sollozar. Apenas me había acostumbrado al pinar, cuando, ¡zas!, desapareció y solo quedaron cenizas azuladas. De nuevo tuve que ponerme en camino. Y encontré un bosque... ¡qué maravilloso bosque! Tupido, oscuro, tranquilo. Pero ya no era lo mismo. En los viejos tiempos yo retozaba de la mañana a la noche, silbaba con furor, daba palmadas, asustaba a los que pasaban. Tú te acuerdas... un día te perdiste en un obscuro rincón de mi bosque, tú y tu trajecito blanco, y yo seguí confundiendo los senderos, dando vueltas a los troncos, reluciendo entre la espesura. Me pasé toda la noche gastando bromas. Pero lo hacía por divertirme, todo era un juego, por mucho que me calumniaran. Luego, sin embargo, me volví serio, porque en mi nuevo hogar no era feliz. Noche y día oía crujidos a mi alrededor. Al principio pensé que era otro elfo que se escondía; lo llamaba, prestaba atención. Oía algo que crepitaba, que retumbaba... Pero no, no eran como los ruidos que hacíamos nosotros. Una tarde salí a un claro y ¿qué vi? Gente tumbada, boca arriba, boca abajo... ¡Bien, me dije, voy a despertarlos, a espantarlos! Y me puse a sacudir ramas, a tirarles piñas, a susurrar, a ulular... Así estuve una hora entera, pero sin resultado. Entonces miré más de cerca y quedé horrorizado. A un hombre le colgaba la cabeza de un frágil hilo rojo, otro tenía la tripa llena de gusanos gordos... No pude soportarlo. Lancé un alarido, di un salto y eché a correr...
        »Mucho tiempo estuve yendo de bosque en bosque, sin encontrar paz. Unas veces era la quietud, la desolación, el aburrimiento mortal, otras un horror tan grande que más vale no pensarlo. Al final me decidí, me convertí en un hombre rústico, un vagabundo con su hato a cuestas, y partí definitivamente: ¡adiós, Rus! Un alma gemela, un duende del agua, me echó una mano. ¡Pobre de él! También huía. Todo el tiempo decía, consternado: “¡Qué tiempos estos! ¡Qué desgracia más grande!”. Y aunque, antaño, se divirtió mucho atrayendo a las gentes al fondo del agua (¡hospitalario que era!), a cambio, ¡cómo las cuidaba y agasajaba en el dorado lecho del río, y con qué canciones las cautivaba! Hoy día, dice, solo pasan cadáveres flotando, montones de cadáveres, unos tras otros, y el agua del río parece sangre, densa, caliente, pegajosa, y no puedo respirar... Así fue como me llevó consigo.
        »Se iba para algún mar lejano y a mí me dejó en una costa brumosa. “Ve, hermano, y encuentra algún ameno bosque.” Pero no encontré nada, y aquí acabé, en esta ciudad de piedra extraña y pavorosa. Me convertí entonces en un humano, con mi cuello almidonado y mis botas, y hasta he aprendido el lenguaje de los humanos...
        Calló. Los ojos le brillaban como brillan las hojas mojadas, tenía los brazos cruzados, y a la mortecina luz de la vela, unos cuantos cabellos pálidos, peinados al lado izquierdo, relucían de manera extraña.
        –Sé que has sufrido como yo –su voz relucía también–, pero, comparada con la mía, con mi turbulenta, tempestuosa añoranza, la tuya no es sino el tranquilo respirar del durmiente. Y repara en esto: ninguno de los nuestros se ha quedado en Rus. Algunos se han desvanecido como serpentinas de niebla, otros se han perdido por el mundo. Los ríos de nuestra patria están melancólicos, no hay manos juguetonas que chapaleen en el rielar de la luna. Silenciosas están las huérfanas campanillas que, por milagro, aún quedan sin cortar, y silencioso está el gusli azul claro con el que una vez acompañaba sus cantares mi rival, el etéreo duende del campo. El espíritu greñudo, afectuoso, hogareño, ha renunciado, llorando, a tu patria mancillada, humillada, y los árboles, los árboles conmovedoramente luminosos, mágicamente sombríos, se han secado...
        »¡Rus fuimos nosotros, fuimos tu inspiración, tu insondable belleza, tu eterno hechizo! Y todos nos hemos ido, todos, enviados al exilio por un agrimensor loco.
        »Amigo, me queda poco tiempo de vida, dime algo, dime que me quieres, a mí, un fantasma sin hogar, acércate, dame la mano...
        La vela chisporroteó y se apagó. Unos dedos fríos me tocaron la palma de la mano. Resonó la risotada de la familiar melancolía y todo quedó en silencio.
        Cuando di la luz, en el sillón no había nadie... ¡Nadie!... No quedaba más que un levísimo olor en el aire, a abedul, a musgo húmedo...

 

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