Aletazos

Vladimir Nabokov

 

Traducción de Juan Manuel Salmerón, 2010

 

Título original: «Wingstroke»,
en Collected stories

 

 

 

1

Si las curvadas puntas de los esquíes se nos cruzan, caemos de bruces. La nieve, que parece abrasar, se nos cuela por las mangas y cuesta mucho volver a ponerse en pie. Kern hacía tiempo que no esquiaba y empezó a sudar pronto. Sintiéndose algo mareado, se quitó el gorro de lana que le picaba en las orejas y se enjugó las gotitas de agua de las pestañas.
        Todo era regocijo y cielo azul ante el hotel de seis plantas. Los árboles se elevaban inmateriales en la atmósfera radiante. Innumerables huellas de esquí caían como hilos de sombra por las vertientes de las montañas nevadas. Y por todas partes centelleaba una blancura inmensa que se irradiaba, ilimitada, hacia el cielo.
        Kern emprendió la subida de la crujiente ladera con los esquíes puestos. Sus anchas espaldas, su perfil equino y el brillo intenso de sus pómulos habían hecho creer a la joven inglesa a la que conoció el día anterior –el tercero que llevaba allí– que era un compatriota. Isabel la Volante la llamaba la pandilla de jóvenes morenos y elegantes de tipo argentino que la seguían a todas partes: a la sala de baile del hotel, por las enmoquetadas escaleras, por las pendientes nevadas, entre nubes de polvo centelleante. Tenía un aire desenvuelto e impetuoso, una boca tan roja que se diría se la había hecho el Creador restregándole un puñado de carmín por la cara, y unos ojos moteados que retozaban de risa. Y en la cabeza, en lo más alto de una mata de pelo negro y satinado, se alzaba, como un ala, una peineta. Fue así como la vio Kern el día anterior al salir ella de su habitación, la número 35, llamada a la cena por el tañido levemente hueco del gong. Y el hecho de que fueran vecinos de habitación, y de que el número de la de ella coincidiera con su edad, y de que se sentara enfrente a la larga mesa del comedor, alta, vivaracha, con un vestido negro escotado y una cinta de seda del mismo color en el cuello, todo esto le resultó tan significativo que fue como una sacudida en medio de la melancolía lúgubre y opresiva en la que había vivido los últimos seis meses.
        Fue Isabel quien le habló, y el hecho no lo sorprendió. En aquel gran hotel que resplandecía, aislado, en una grieta entre montañas, la vida latía ebria y ligera después de los años muertos de la guerra. Para ella, además, nada estaba prohibido: podía mirar con coquetería a los hombres y hablar con voz melodiosa y reidora, como cuando, al pasarle el cenicero, le dijo:
        –Creo que somos los únicos ingleses del hotel. –E inclinando sobre la mesa un hombro translúcido cruzado por un tirante negro, añadió–: Sin contar, claro, una media docena de señoras mayores y ese tipo con alzacuellos de allí.
        Kern contestó:
        –Se equivoca. Yo no soy de ningún sitio. Pero es verdad que he pasado muchos años en Londres. Además...
        Al día siguiente, después de seis meses de indiferencia, Kern sintió de pronto el placer de meterse bajo el cono de agua ensordecedor de una ducha bien fría. A las nueve, después de tomar un desayuno abundante y equilibrado, salió al camino deslumbrador que había ante el porche del hotel, cubierto de una arena rojiza que crujía bajo los esquíes. Y cuando remontó, caminando con los esquíes en forma de uve, como los buenos esquiadores, la nevada ladera, allá en lo alto encontró, entre gente con pantalones a cuadros y la cara colorada, a Isabel.
        Lo saludó a la manera inglesa: con una amplia sonrisa. Sus esquíes eran de un amarillo oliva iridiscente, y llevaban nieve adherida a las correas. Las sólidas botas y las bien formadas piernas, cuyas pantorrillas fajaban prietamente sendas bandas protectoras, daban una impresión de fuerza no del todo femenina. A poco, metidas tranquilamente las manos en los bolsillos de la chaqueta de piel, con el esquí izquierdo algo adelantado y seguida por una sombra púrpura, se lanzó por la curruscante ladera abajo y, con la bufanda al viento, entre rociadas de nieve, fue ganando velocidad. Luego viró bruscamente, con la pierna muy flexionada, se enderezó de nuevo y prosiguió en línea recta, dejando atrás el bosquecillo de abetos y la roja pista de patinaje. Un par de jóvenes con jerséis de vivos colores y un famoso esquiador sueco con cara de barro cocido y el pelo blanco peinado hacia atrás se lanzaron en su seguimiento.
        Kern volvió a encontrársela poco después en una pista de nieve azulosa por la que había gente deslizándose boca abajo en trineos planos, como ranas lanudas, con débiles susurros. La vio desaparecer, con un destello de esquíes, tras un terraplén de nieve, y cuando, avergonzado de sus torpes movimientos, le dio alcance, en una hondonada, entre ramas cubiertas de argéntea escarcha, ella lo saludó agitando los dedos, afianzó los esquíes y traspuso de nuevo. Kern se quedó allí parado, en medio de las sombras violetas, y de pronto sintió aquel miedo al silencio que tan bien conocía. En la atmósfera vidriosa, las ramas formaban una especie de encaje y daban una sensación escalofriante de cuento de terror. Los árboles, las sombras intrincadas, sus esquíes, todo parecía extrañamente de juguete. Se sintió cansado, notó una ampolla en el talón y volvió sobre sus pasos, agarrándose de ramas salientes. Los patinadores se deslizaban por la lisa pista roja maquinalmente. En la pendiente del otro lado, el sueco de la cara de barro cocido estaba ayudando a levantarse a un individuo larguirucho con gafas de montura de concha, que se removía, cubierto de nieve, en medio del polvo centelleante, como un ave patosa. Un esquí, cual ala separada del cuerpo, se le había salido y se deslizaba ladera abajo.
        Kern subió a su habitación y se cambió, y cuando oyó el tañido hueco del gong, tocó el timbre y pidió rosbif fiambre, uva y una botella de Chianti.
        Tenía agujetas en los muslos y en los hombros.
        Es absurdo perseguirla, pensó. Un hombre se calza un par de tablas y se pone a desafiar las leyes de la gravedad. Ridículo.
        Hacia las cuatro bajó a la gran sala de lectura, cuya chimenea despedía un calor anaranjado y donde había gente sentada en hondos sillones de cuero, con las piernas extendidas, leyendo periódicos abiertos ante caras invisibles. Sobre una larga mesa de roble había una pila desordenada de revistas llenas de anuncios de cosméticos, bailarinas y diputados con chistera. Kern cogió un ejemplar manoseado del Tattler del mes de junio y estuvo largo rato observando la foto de la mujer sonriente que había sido su esposa siete años. Recordó su cara muerta, que se había vuelto fría y dura, y ciertas cartas que encontró en una caja.
        Dejó a un lado la revista –la uña chirrió sobre la página satinada– e, irguiéndose con esfuerzo y chupando la pipa corta, salió a la galería. Allí estaba tocando una banda de músicos medio congelados y gente con bufandas de vivos colores tomaba té bien cargado, pronta a aventurarse nuevamente al frío de aquellas pendientes rumorosas que lucían con pálido brillo a través de los anchos ventanales. Barrió la galería con ojos inquisitivos. Notó, como si le pincharan el nervio de un diente, que alguien le clavaba una mirada curiosa, y bruscamente dio media vuelta.
        En la sala de billar, en la que entró de lado conforme abría la puerta de roble, vio a Monfiori, un tipo bajo, pálido y bermejo para el que no existían más que la Biblia y las carambolas, que, inclinado sobre el tapete verde, se disponía a golpear una bola moviendo el taco adelante y atrás. Kern lo conocía hacía poco, y ya el otro lo había cubierto de citas sagradas. Le dijo que estaba escribiendo un importante libro en el que demostraba que el Libro de Job, entendido de cierta manera... Pero Kern no siguió escuchándolo, porque de pronto le llamaron la atención sus orejas, puntiagudas, llenas de un polvo amarillo canario y con los lóbulos cubiertos de un vello rojizo.
        Las bolas chocaron y se esparcieron. Enarcando las cejas, Monfiori lo invitó a jugar. Tenía unos ojos melancólicos, de carnero degollado.
        Kern aceptó, pero cuando entizaba el taco, lo acometió una mortal sensación de tedio que le causó dolor de estómago y zumbido de oídos, y diciendo que le dolía el codo volvió a la sala de lectura, no sin antes mirar por una ventana las montañas, que resplandecían como montones de azúcar.
        En la sala de lectura, sentado con las piernas cruzadas y moviendo nerviosamente el pie calzado con zapato de charol, observó de nuevo la fotografía color gris perla, los ojos infantiles y los labios sombreados de la beldad londinense que había sido su esposa. La misma noche del día en que se suicidó, él se fue con la primera mujer que le sonrió en la esquina de una calle neblinosa, por venganza de Dios, del amor, del destino.
        Y ahora se presentaba aquella Isabel de la boca como un tiznajo rojo. Si al menos uno pudiera...
        Apretó los dientes y notó cómo se contraían los músculos de sus fuertes mandíbulas. Toda su vida había sido una sucesión de cortinas temblorosas de mil colores con las que se había protegido de las corrientes cósmicas. Isabel no era sino el último telón. ¡Cuántos no había habido ya, y con cuánto empeño no había tratado de tapar con ellos el enorme agujero negro! Viajes, libros delicadamente encuadernados y siete años de amor extático. Pero aquellas cortinas se inflaban con el viento de fuera, se rasgaban y una tras otra caían. El agujero no podía taparse, el abismo resoplaba y lo absorbía todo. Es lo que comprendió cuando el detective de los guantes de ante...
        Kern advirtió que estaba balanceando el tronco y que una chica pálida de cejas rosadas que leía una revista lo miraba. Tomó de la mesa un ejemplar del Times y desplegó sus enormes hojas. El papel se extendió sobre el abismo. La gente inventa crímenes, museos, juegos, solo para escapar de lo desconocido, del vertiginoso firmamento. Y ahora esta Isabel...
        Arrojó el periódico, se frotó la frente con un puño enorme y sintió de nuevo que alguien clavaba en él una mirada interrogante. Despacio, sorteando los pies de los lectores, pasando ante la boca naranja de la chimenea, salió de la sala. Se perdió por pasillos resonantes, desembocó en una especie de vestíbulo cuyo entarimado reflejaba las patas blancas de una silla inclinada y en una de cuyas paredes colgaba un gran cuadro que representaba a Guillermo Tell en el acto de asaetear la manzana que su hijo sostenía en la cabeza; luego se examinó un buen rato la cara dura y bien afeitada, los ojos inyectados en sangre, la pajarita a cuadros, en el brillante espejo de un luminoso cuarto de baño en el que el agua borbollaba con musicalidad y una colilla dorada flotaba en las profundidades porcelánicas.
        Al otro lado de las ventanas las nieves se ensombrecían y azuleaban. Matices delicados iluminaban el cielo. Los batientes de la puerta giratoria del bullicioso vestíbulo giraban lentamente lanzando destellos y dejaban entrar nubes de vapor y de gente que se recogía cansada de jugar en la nieve, con la cara encarnada y resoplando. Las escaleras resonaban con pisadas, voces, risas. Poco a poco el hotel fue quedando en silencio: todo el mundo se vestía para la cena.
        Kern, que a la luz del crepúsculo se había quedado medio dormido en el sillón de su habitación, se despertó con las vibraciones del gong. Pletórico de recobrada energía, encendió las luces, puso gemelos a los puños de una camisa fresca y almidonada, sacó de la plancha del galán de noche un par de pantalones negros y bien alisados. Cinco minutos después, de un ánimo fresco y ligero, bien peinado e impecablemente vestido, bajó a cenar.
        Isabel no estaba en el comedor. Sirvieron sopa, luego pescado, y ella seguía sin aparecer.
        Kern observaba con repugnancia a los jóvenes de piel tostada, a una mujer mayor de tez de ladrillo con un lunar postizo que disimulaba un grano, a un hombre de ojos bovinos, y acabó posando su abatida mirada en un tiesto verde de rizados jacintos que crecían con forma piramidal.
        Isabel no apareció hasta que, en el vestíbulo del cuadro de Guillermo Tell, empezó a tocar una banda de negros.
        Olía a aire fresco y a perfume. Traía el pelo como húmedo. Algo en su cara desconcertó a Kern.
        Esbozó una sonrisa luminosa y dijo, ajustándose el tirante negro del hombro translúcido:
        –Ya ve, ahora vengo. Apenas he tenido tiempo de cambiarme y comer un sándwich.
        Kern preguntó:
        –¿No me dirá que ha estado esquiando todo este tiempo, con lo oscuro que está?
        Ella lo miró intensamente, y Kern comprendió lo que lo había sorprendido: los ojos, que brillaban como cubiertos de escarcha.
        Isabel le explicó, en un tono arrullador:
        –Esquiando, sí. Y ha sido maravilloso. Bajar a toda velocidad en la oscuridad, volar en los saltos... Hacia las estrellas.
        –Podría haberse matado.
        Ella repitió, entornando los ojos aterciopelados:
        –Hacia las estrellas. –Y agregó, con un destello de su clavícula desnuda –: Y ahora voy a bailar.
        La música de la banda atronaba el vestíbulo. Había colgados farolillos de colores. De puntillas, alternando pasos rápidos y lentos, palma contra palma, muy pegados, evolucionaban Kern e Isabel. Un paso, y la esbelta pierna de ella oprimiría de lleno el cuerpo de él; otro, y se le rendiría muellemente. El cabello fresco y fragante de Isabel le hacía cosquillas en la sien, y sentía, con el canto de la mano derecha, las gráciles ondulaciones de su espalda desnuda. En las pausas de la música contenía la respiración, y seguía luego deslizándose de compás en compás... A su alrededor giraban como suspensos los rostros concentrados de las estilizadas parejas, con miradas perversamente absortas. Y el rasgueo opaco de las cuerdas alternaba con el primitivo redoblar de los palillos.
        La música aceleró, aumentó de volumen y cesó. Todo se detuvo. Sonaron aplausos y se pidió más de lo mismo. Pero los músicos habían decidido tomarse un descanso.
        Enjugándose la frente con un pañuelo que se sacó de la manga, Kern siguió a Isabel, que se dirigía a la puerta dándose aire con un abanico negro. Se sentaron en unos anchos escalones.
        –Perdona... –le dijo ella sin mirarlo–. Me parecía estar aún entre la nieve y las estrellas. No me he fijado en si bailabas bien o no.
        Kern la miró sin hacer caso y vio que, en efecto, parecía sumida en pensamientos radiantes, para él desconocidos.
        Un escalón más abajo había sentados un joven con una chaqueta muy ceñida y una chica flaca con una mancha de nacimiento en el omóplato. Cuando volvió la música, el joven invitó a Isabel a bailar un boston. Kern tuvo que bailar con la flaca, que desprendía un olor a lavanda levemente acre. Volaban por el vestíbulo serpentinas de colores que se enredaban a los bailarines. Uno de los músicos se puso un bigote blanco postizo, y Kern, sin saber por qué, sintió vergüenza ajena. Cuando acabó la canción dejó a su pareja y corrió en busca de Isabel. No la vio por ningún sitio, ni en el bufé ni en las escaleras.
        Claro, hora de acostarse, pensó lacónicamente.
        Subió a su habitación, descorrió la cortina, se tumbó en la cama y estuvo contemplando la noche con la mente en blanco. La luz de las ventanas se proyectaba sobre la nieve oscura al pie del hotel. A lo lejos, las cumbres de las montañas flotaban con un resplandor fúnebre y metálico.
        Tuvo la impresión de estar mirando la muerte. Se levantó y cerró las cortinas completamente, para impedir que entrara la claridad de la noche. Pero cuando apagó la luz y se acostó, vio que aún brillaba el borde de un estante de cristal. Se levantó y trasteó largo rato con la ventana, maldiciendo los rayos de luna. El piso estaba frío como el mármol.
        Cuando por fin, aflojado el cordón del pijama, cerró los ojos, sintió como si se deslizara por pendientes vertiginosas. Su corazón empezó a palpitar con fuerza, cual si, después de haber estado callado todo el día, se resarciera ahora en la quietud de la noche. Kern escuchaba aquel latir con espanto creciente. Recordó el día ventosísimo en que, al pasar por una carnicería con su mujer, vio cómo una res muerta se balanceaba del gancho y golpeaba contra la pared con un ruido sordo. Así sonaban los latidos de su corazón. Aquel día su mujer, con los ojos entrecerrados y sujetándose el sombrero, decía que el viento y el mar estaban volviéndola loca, que tenían que irse de allí, irse de allí...
        Kern se giró del otro costado... con mucho cuidado, casi temía que el pecho le reventara con los latidos.
        –Así no puedo seguir –murmuró con la cara hundida en la almohada, aovillándose con desesperación. Y luego, de espaldas, estuvo largo rato mirando los pálidos reflejos que se proyectaban en el techo, penetrantes como sus costillas.
        Cuando de nuevo cerró los ojos, empezó a ver chispas y espirales que giraban y giraban sin cesar. Y por un momento atisbó también los ojos escarchados y la gallarda boca de Isabel, y luego más chispas y espirales. Al poco el corazón se le contrajo con una punzada y se le dilató con una fuerte palpitación.
        No, así no puedo seguir, o me volveré loco. El futuro es un muro negro, no hay nada más.
        Tenía la impresión de que las serpentinas le caían por la cara con un susurro y se rasgaban en finas tiras. Y los farolillos difundían ondas de colores por el entarimado. Y él bailaba, evolucionaba.
        Si al menos pudiera distenderla, abrirla... Y entonces...
        Y la muerte le pareció un sueño flotante, una lenta caída. Sin pensamientos, sin palpitaciones, sin dolor.
        Los reflejos lunares del techo se habían desplazado imperceptiblemente. Se oyeron pisadas sigilosas por el pasillo, el chasquido de una cerradura, un timbrazo tenue; al poco, más pisadas, rumorosas y susurrantes.
        Eso es que ha acabado el baile, pensó Kern, girando la apelotonada almohada.
        Y en todo el hotel se hizo un silencio que se ahondaba por momentos. Solo su corazón seguía latiendo fuerte y tenso. Kern tentó la mesita de noche, encontró la jarra y bebió un trago directamente del pico. Un chorrito de agua helada le escalofrió la garganta y la clavícula.
        Se puso a discurrir métodos para dormir. Pensó en olas que bañaban acompasadamente la playa, en hermosas ovejas que saltaban una cerca. Una oveja, dos, tres...
        Isabel está despierta aquí al lado, pensó Kern. Está despierta y seguro que lleva un pijama amarillo. El amarillo le sienta bien. Un color español. Si rascara en la pared con la uña, me oiría. Malditas palpitaciones...
        Se durmió cuando empezaba a considerar si no sería el caso de encender la luz y leer un rato. Tenía una novela francesa en el sillón. El abrecartas de marfil se desliza cortando las páginas, una, dos...
        De pronto se halló despierto en medio de la habitación, presa del pavor, que le había hecho saltar de la cama. Estaba soñando que la pared de la cabecera se le venía lentamente encima, y allí se hallaba ahora respirando con sobresalto.
        A tientas dio con la cabecera de la cama, y habría vuelto a dormirse en el acto de no ser porque oyó un ruido al otro lado de la pared. Al pronto no supo qué era, y el prestar atención devolvió su conciencia, pronta a rodar de nuevo por la pendiente del sueño, a una brusca lucidez. Se oyó de nuevo el ruido: un punteo vibrante, seguido de las plácidas notas de unas cuerdas de guitarra.
        Kern recordó que la habitación de al lado la ocupaba Isabel. Y en ese momento, como respondiendo a su pensamiento, se oyó una carcajada de ella. Siguieron dos, tres tañidos de guitarra aislados, y luego, extrañamente, unos ladridos.
        Kern, sentado en la cama, escuchaba asombrado. Se figuró una escena curiosa: Isabel con una guitarra y un enorme dogo alemán mirándola con arrobo. Arrimó el oído a la fría pared. Se oyó otro ladrido, luego el sonido de un como capirotazo dado en la guitarra, al que siguió un ulular extraño, como de viento que soplara de pronto en la habitación. El ulular se agudizó hasta convertirse en un silbido y cesó al poco, dejando nuevamente la noche en silencio. Entonces se oyó que Isabel cerraba la ventana.
        Chica infatigable, pensó Kern: el perro, la guitarra, la corriente helada.
        Todo quedó en silencio. Ahora que había expulsado de la habitación todos aquellos ruidos, seguramente Isabel se había acostado y dormía.
        «¡Maldita sea! No entiendo nada. No tengo nada. ¡Maldita sea, maldita sea!», gimió Kern, hundiendo la cara en la almohada. Un cansancio plúmbeo le oprimía las sienes. Las piernas le dolían y hormigueaban de un modo insoportable. Largo tiempo estuvo quejándose y lamentándose en la oscuridad, sin dejar de dar vueltas. Los rayos de luna hacía mucho que habían desaparecido del techo.

2

        Al día siguiente Isabel no apareció hasta la hora de comer.
        Toda la mañana había estado el cielo de un blanco cegador y el sol había parecido una luna. La nieve empezó a caer lenta y verticalmente. Los densos copos, como lunares de un velo blanco, empañaban la vista de las montañas, los abetos cargados de nieve, la pista de patinaje de un rojo atenuado. Las gruesas y blandas partículas de nieve chocaban contra los cristales de las ventanas con un susurro, cayendo, cayendo sin fin. Si uno se quedaba mirándolas mucho rato, tenía la impresión de que el hotel se elevase despacio.
        –Anoche acabé tan rendida –le decía Isabel a su vecino de mesa, un joven de frente alta y olivácea y mirada penetrante–, que me he emperezado en la cama.
        –Hoy estás preciosa –dijo el joven con voz lánguida, con una cortesía exótica.
        Ella dilató las aletas de la nariz con mofa.
        Mirándola a través de los jacintos, dijo fríamente Kern:
        –No sabía, señorita Isabel, que tuviera usted un perro en la habitación, ni una guitarra.
        Isabel entrecerró los aterciopelados ojos como si la hubiera azotado una ráfaga de embarazo. Luego puso una sonrisa toda carmín y marfil y contestó:
        –Bailó usted demasiado anoche, señor Kern.
        El joven oliváceo y el tipo bajo para el que no existían más que la Biblia y el billar se echaron a reír, el primero con una risotada, el segundo por lo bajo y enarcando las cejas.
        Kern dijo malhumorado:
        –Le pediría a usted que no tocara por la noche. Me cuesta quedarme dormido.
        Isabel lo fulminó con una mirada rápida y radiante.
        –Entiéndase usted con sus sueños, no conmigo.
        Y empezó a hablar con su vecino de la competición de esquí prevista para el día siguiente.
        Kern llevaba ya varios minutos sintiendo retozarle irresistiblemente en los labios una sonrisa sardónica. Las comisuras se le contrajeron con un rictus amarguísimo y tuvo de pronto el impulso de tirar del mantel de la mesa, de estampar contra la pared la maceta de jacintos.
        Se levantó procurando disimular su incontrolable temblor y, sin mirar a nadie, salió de la estancia.
        «¿Qué me ocurre?», se dijo con angustia. «¿Qué está pasando aquí?»
        Abrió a patadas la maleta y empezó a hacer el equipaje. De pronto sintió mareo. Dejó la maleta y empezó a pasearse por el cuarto. Atacó la pipa con furia. Se sentó en el sillón frente a la ventana, más allá de la cual la nieve seguía cayendo con una regularidad irritante.
        Había ido a aquel hotel, a aquel elegante refugio de invierno llamado Zermatt, con ánimo de disfrutar del silencio blanco y conocer a gente diversa y desenfadada, pues lo que más horror le daba era la completa soledad. Pero ahora comprendía que el rostro humano le era igualmente intolerable, que la nieve lo aturdía, y que carecía del ingenio, la vivacidad y la ternura sin las cuales la pasión nada puede. Para Isabel, en cambio, la vida debía de consistir en esquiar, reír con ganas, perfumarse, sentir el aire helado.
        ¿Y quién era Isabel? ¿Una diva salida de una foto? ¿La hija fugada de un aristócrata atrabiliario y arrogante? ¿O simplemente una de esas mujeres de París...? ¿Y de dónde sacaba el dinero? Vulgar curiosidad...
        Pero sí tiene un perro, y de nada sirve que lo niegue. Un dogo alemán de pelaje lustroso, con el hocico frío y las orejas calientes. Y encima sigue nevando, pensó Kern, incongruamente. Y en la maleta –fue como si un resorte hubiera saltado en su mente– llevo una Parabellum...
        Todo el día estuvo deambulando por el hotel y revolviendo ruidosamente periódicos en la sala de lectura. Por la ventana del vestíbulo vio a Isabel, al sueco y a varios jóvenes con jerséis de flecos y chaquetas subir a un trineo con formas de cisne. Los caballos pintos hacían tintinear los alegres jaeces. La nieve caía silenciosa y densa. Isabel, cubierta como con estrellitas blancas, gritaba y reía entre sus compañeros. Y cuando el trineo arrancó con una sacudida, cayó hacia atrás dando unas palmadas con sus manoplas de piel.
        Kern apartó la vista de la ventana.
        Adelante, disfruta del paseo... A mí no me importa...
        Luego, en la cena, procuró no mirarla. Ella, llena de alegría y jovialidad, no le hizo caso. A las nueve la banda de negros empezó a tocar. Kern, presa de febril abatimiento, se quedó junto a la puerta viendo bailar a las parejas y a Isabel abanicarse.
        –¿Vienes al bar? –le susurró una voz al oído.
        Era el de los ojos de carnero degollado y las orejas cubiertas de pelusa rubicunda.
        El bar estaba sumido en una penumbra carmesí y las cenefas de las pantallas de las lámparas se reflejaban en las mesas de cristal.
        Había tres hombres sentados en taburetes altos a la barra de metal, los tres con polainas blancas y las piernas dobladas, tomando unas bebidas de colores con pajita. Al otro lado de la barra, ante una serie de botellas que relucían en los estantes como escarabajos panzudos, un hombre en esmoquin, gordo y con un bigote negro, preparaba cócteles con extraordinaria destreza. Kern y Monfiori eligieron una mesa en las aterciopeladas profundidades del local. Un camarero les mostró una carta de bebidas con el mismo cuidado y reverencia con que enseña un anticuario un preciado libro.
        –Vamos a probarlas todas, una tras otra –dijo Monfiori con su voz melancólica y un punto grave–, y cuando acabemos, seguiremos con las que nos hayan gustado más. Puede que alguna la saboreemos un buen rato. Luego volveremos a empezar. –Se quedó mirando al camarero con expresión pensativa–. ¿Está claro?
        El camarero inclinó la bien crenchada cabeza.
        –Esto es lo que se llama la ronda de Baco –dijo Monfiori a Kern sonriéndose con tristeza–. Hay gente que empieza así el día.
        Kern reprimió un bostezo tembloroso.
        –Sabrás que así acaba uno vomitando.
        Monfiori exhaló un suspiro, dio un trago, chasqueó los labios e hizo una equis en la primera bebida de la lista con un portaminas. Se le marcaban dos profundas arrugas desde las aletas de la nariz hasta las comisuras de la fina boca.
        Después de la tercera copa Kern encendió un cigarrillo en silencio. Después de la sexta –un brebaje dulcísimo con chocolate y champaña– tuvo ganas de hablar.
        Echó una bocanada de humo. Entornó los ojos y sacudió la ceniza del cigarrillo con una uña amarillenta.
        –Dime, Monfiori, ¿qué piensas de esa... cómo se llama... Isabel?
        –Es tontería –contestó Monfiori–. Es de las volanderas. No busca más que amores pasajeros.
        –Pero por la noche toca la guitarra y hace ruido con su perro. ¿A que eso no está bien? –dijo Kern mirando el vaso con alelamiento.
        Monfiori suspiró de nuevo y dijo:
        –¿Por qué no la olvidas? Después de todo...
        –Eso me suena a envidia... –empezó a decir Kern.
        –Es una mujer –lo interrumpió pacientemente el otro–, y yo, ya ves, tengo otros gustos. –Y carraspeando con modestia, marcó otra equis.
        Las bebidas rojas dejaron paso a las doradas. Kern tenía la sensación de que la sangre se le estaba endulzando. Y la mente empezaba a nublársele. Los de las polainas blancas se marcharon. Los ecos de la música cesaron.
        –Dices que hay que ser selectivos... –dijo Kern con voz espesa y desmayada–, pero yo he llegado a un punto... Mira, por ejemplo... Yo tuve una esposa. Se enamoró de otro. Y resultó que era un ladrón. Robaba coches, collares, prendas de piel... Y ella se envenenó. Con estricnina.
        –¿Y crees en Dios? –preguntó Monfiori con un aire de loco que vuelve con su tema–. Dios existe, no lo olvides.
        Kern emitió una risa forzada.
        –El Dios bíblico... El vertebrado gaseoso... No soy creyente.
        –Eso es de Huxley –comentó Monfiori con intención–.°La imagen de Dios como un «vertebrado gaseoso» procede del libro El enigma del universo en las postrimerías del siglo diecinueve (1900) del científico y filósofo naturalista alemán Ernst Heinrich Haeckel, libro que en su día tuvo gran éxito e influencia, y en el que se defiende una visión materialista del cosmos. Al parecer, la misma imagen usa un personaje de Huxley refiriéndose al Dios del Antiguo Testamento. Pero hubo un Dios bíblico... Solo que no está solo, hay muchos Dioses bíblicos... Montones. Mi favorito es... «Estornuda y se hace la luz. Sus ojos son como las pestañas de la aurora.» ¿Entiendes lo que significa? ¿Di? Y hay más: «Las partes carnosas de su cuerpo están sólidamente unidas y no se estremecerán». ¿Entiendes? ¿Di? ¿Di?
        –¡Calla un momento! –gritó Kern.
        –No, no... piénsalo. ¡«Él transforma el mar en una masa hirviendo, deja tras de sí una estela radiante, el abismo es como una superficie de cabello gris»!
        –¡Calla, calla! –lo interrumpió Kern–. Quiero decirte que he decidido suicidarme...
        Monfiori lo miró con ojos atentos y opacos, tapando el vaso con la mano. Estuvo callado un rato.
        –Lo sabía –empezó a decir con inesperada afabilidad–. Esta noche, mientras mirabas a la gente bailar, y antes, cuando te levantaste de la mesa... Había algo en tu cara... En tu ceño... En aquella mirada... Lo comprendí enseguida... –Se interrumpió y empezó a acariciar el canto de la mesa.
        –Escucha lo que voy a decirte –prosiguió, entrecerrando los párpados cárdenos y pesados de pestañas verrugosas–. Yo voy buscando a personas como tú... en los hoteles de lujo, en los trenes, en las playas, en los muelles de las grandes ciudades por la noche. –Una sonrisilla desdeñosa y ensoñada pasó por sus labios–. Recuerdo una vez en Florencia... –Alzó los bovinos ojos–. Escucha, Kern... Me gustaría estar presente cuando lo hagas... ¿Podría?
        Kern, en su embotamiento, sintió en el pecho, debajo de la camisa almidonada, un escalofrío. «Estamos borrachos» –la idea le cruzó por la mente como un relámpago– «y él está poseído.»
        –¿Podría? –repitió Monfiori con un mohín insinuante–, ¿por favor? –Y lo tocó con su manecilla velluda y viscosa.
        Kern dio un respingo y se puso en pie tambaleándose.
        –¡Vete al diablo! Déjame... Era una broma...
        La mirada atenta y pegajosa de Monfiori no se desclavó de él.
        –¡Estoy harto de ti! Estoy harto de todo. –Kern hizo ademán de sacudirse algo y salió corriendo. La mirada de Monfiori se despegó de él como con un ruido de ventosa.
        –¡Tinieblas! ¡Títere!... ¡Juego de palabras!... ¡Basta!
        Se golpeó con la cadera en el canto de la mesa. Al gordo colorado que había tras la borrosa barra se le hinchó la pechera blanca y empezó a flotar entre las botellas, como en un espejo deformante. Kern atravesó las fluctuosas ondas de la alfombra y abrió con el hombro una puerta de cristal que caía.
        El hotel dormía profundamente. Subió con trabajo las mullidas escaleras, dio con su habitación. La puerta de al lado tenía la llave puesta. Alguien había olvidado cerrarla por dentro. Las flores describían curvas a la tenue luz del pasillo. Entró en su habitación y estuvo un buen rato buscando a tientas el interruptor. Luego se dejó caer en el sillón frente a la ventana.
        Pensó que debía escribir algunas cartas, cartas de adiós. Pero las empalagosas bebidas lo tenían postrado. Los oídos le zumbaban con un runrún sordo, y sentía en la frente como rachas de aire helado. Tenía que escribir una carta, y había otra cosa que lo desazonaba. Como si hubiera salido de casa olvidando la cartera. En la negrura espejeante de la ventana se le reflejaban la frente pálida y, como una raya blanca, el cuello de la camisa. Algunas gotas de alcohol le habían salpicado la pechera. Tenía que escribir esa carta... no, no era eso. De pronto se le iluminó la mente. ¡La llave! La llave puesta en la puerta de al lado...
        Kern se levantó con pesadez y salió al pasillo débilmente iluminado. De la enorme llave pendía un disquito brillante en el que ponía: 35. Se detuvo ante esa puerta blanca. Las piernas le temblaban con ansia.
        Una corriente helada le azotó la cara. La ventana de la habitación amplia y luminosa estaba abierta de par en par. En la ancha cama, con un pijama amarillo y el cuello desabotonado, yacía Isabel boca arriba. Una mano pálida, con un cigarrillo encendido entre los dedos, colgaba muerta a un lado. Se había quedado dormida sin darse cuenta.
        Kern se acercó a la cama. Dio con la rodilla en una silla sobre la que había una guitarra y esta sonó tenuemente. Los cabellos azules de Isabel se extendían por la almohada en rizos menudos. Le miró los párpados oscuros, la sombra delicada de los pechos. Tocó la sábana. Al instante ella abrió los ojos. Kern dijo entonces, en la postura que adoptaría un jorobado:
        –Necesito tu amor. Mañana me pego un tiro.
        Nunca se habría imaginado que una mujer, ni aun pillada por sorpresa, podía asustarse tanto. Al pronto Isabel se quedó quieta, y luego, volviendo la vista a la ventana, saltó de la cama y pasó junto a Kern corriendo con la cabeza gacha, como si temiera que la golpease.
        Sonó un portazo. De la mesa volaron unas hojas de papel.
        Kern permaneció parado en medio de la vasta habitación iluminada. En la mesita de noche brillaban unas uvas moradas y doradas.
        –Loca –dijo en voz alta.
        Se irguió con esfuerzo. De repente sintió, como un corcel, un prolongado escalofrío y se quedó completamente inmóvil.
        Se oyeron por la ventana como unos ladridos alegres que se acercaban volando. Y entonces, en el cuadrado de negra noche que se recortaba en la ventana, apareció un bulto enorme de pelo tupido que, con una especie de aleteo ruidoso, ocupó todo el vano y pareció oscurecer todavía más el cielo nocturno. Y al instante siguiente, aquella criatura peluda, hinchándose como si fuera a reventar, irrumpió de través en el cuarto y se desplegó con un rumor sibilante, dejando ver, en medio de la masa de pelo áspero y agitado, una cara blanca. Kern agarró la guitarra por el mástil y golpeó con todas sus fuerzas aquella cara que lo acometía por el aire. Una de las alas, como un embate de pelo, lo alcanzó. Kern cayó al suelo envuelto en un fortísimo olor animal. Se levantó aturdido.
        En medio del cuarto había un ángel enorme.
        Ocupaba toda la habitación, todo el hotel, todo el universo. Tenía el ala derecha doblada y apoyaba el codo en el tocador de espejo; y movía pesadamente la izquierda, atrapada entre las patas de una silla volcada que oscilaba dando golpes. El pelaje castaño de las alas, cubierto de escarcha iridiscente, vaheaba. Aturdido por el golpe, el ángel descansaba sobre las palmas como una esfinge. En las manos blancas se le veían venas azules abultadas y en los hombros, junto a las clavículas, unos huecos en sombra. Con ojos alargados y miopes de un color verde claro como la luz del alba, bajo unas cejas rectas y juntas, miraba a Kern sin pestañear.
        Sofocado por el olor penetrante a pelo húmedo, Kern, presa de un miedo cerval, se quedó observando inmóvil a aquel ser de gigantescas alas humeantes y rostro blanco.
        Se oyó entonces un ruido sordo en el pasillo, y al miedo sucedió otro sentimiento: una inmensa vergüenza. Lo avergonzaba con dolor, con horror, que pudieran entrar y sorprenderlo allí con aquella criatura increíble.
        El ángel emitió un fuerte jadeo, se movió. Pero los brazos, debilitados, cedieron y cayó de bruces. Se agitó un ala. Kern, rechinando los dientes y evitando mirarlo, se acercó al montón de pelo húmedo y maloliente y lo tomó por los hombros fríos y pegajosos. Notó con repulsión que el ángel tenía unos pies pálidos y blandos, y que no podría sostenerse en ellos. El ángel no se resistió. Kern se apresuró a arrastrarlo hasta el armario, abrió la puerta de luna e intentó embutirlo en él, asiendo las alas por los huesos, doblándolas y empujando. Los peludos miembros se defendían aleteando. Por fin, con un violento empellón, cerró la puerta. Y en el mismo momento se oyó un alarido terrible, desgarrador, como de animal aplastado por una rueda. Era que le había pillado un ala. Asomaba una punta por el intersticio. Kern abrió un poco la puerta, metió la quebrada extremidad y cerró de nuevo con llave.
        Todo quedó en silencio. Kern advirtió entonces que por la cara le resbalaban unas lágrimas calientes. Respiró y corrió al pasillo. Isabel yacía junto a la pared, hecha un ovillo de seda negra. Kern la cogió en brazos, la entró en su habitación y la depositó en la cama. Sacó de la maleta la pesada Parabellum, le puso el cargador, salió con sigilo de su habitación y entró en la número 35.
        En la alfombra se veían las dos mitades blancas de un plato roto, y por el suelo granos de uva esparcidos.
        Kern se miró en la luna de la puerta del armario: le caía un mechón de pelo por la ceja, tenía la almidonada pechera salpicada de rojo, el cañón de la pistola brillaba con un reflejo alargado.
        –¡Acabemos de una vez! –exclamó impasible, y abrió el armario.
        Hubo como una ráfaga llena de pelusas. Mechones de pelo pardo y grasoso se arremolinaron por el cuarto. El armario estaba vacío. En el suelo había una sombrerera chafada.
        Kern fue a la ventana y se asomó. Nubecillas de aspecto lanoso corrían ante la luna rodeadas de un halo tenue. Cerró los postigos de la ventana, colocó bien la silla, empujó con el pie algunos mechones de pelo bajo la cama y salió al pasillo sin hacer ruido. Todo estaba tan en calma como antes. La gente duerme profundamente en los hoteles de montaña.
        Cuando entró en su habitación, halló a Isabel temblando, con la cara entre las manos y los pies descalzos fuera de la cama. Kern sintió vergüenza, como la había sentido hacía un momento con aquel ángel que lo miraba con extraños ojos verdosos.
        –¿Dónde está, dime? –le preguntó Isabel anhelosa.
        Kern se sentó al escritorio, abrió el cuaderno de notas y contestó:
        –No lo sé.
        Isabel entró los pies en la cama.
        –¿Puedo quedarme aquí un rato? Estoy asustada...
        Kern asintió en silencio. Dominando el temblor de la mano, se puso a escribir. Isabel siguió hablando, con una voz nerviosa y monótona, pero por alguna razón Kern tuvo la impresión de que era un miedo típico de mujer, provocado por algo terrenal.
        –Lo conocí anoche, esquiando. Y luego vino a mi habitación.
        Sin escucharla, Kern escribió con letra clara:
        «Querido amigo, esta es mi última carta. Nunca olvidaré lo mucho que me ayudaste cuando la desgracia se abatió sobre mí. Probablemente vive en la cima de una montaña y se alimenta de las águilas que caza...».
        Cuando reparó en lo que escribía, rasgó la hoja y tomó otra. Isabel sollozaba con la cara hundida en la almohada.
        –¿Y ahora qué hago? Me buscará para vengarse... Oh, Dios mío...
        «Querido amigo», escribió Kern deprisa, «buscaba caricias inolvidables y ahora dará a luz una bestezuela con alas...» ¡Ah, demonios! Arrugó la hoja.
        –Procura dormir –dijo a Isabel, volviéndose a medias–, y mañana vete a un monasterio.
        Isabel se encogió de hombros y poco a poco se tranquilizó.
        Kern siguió escribiendo. Tenía ante sí los ojos sonrientes de la única persona en el mundo con la que podía hablar o callar libremente. A esa persona le escribía que la vida se había acabado para él, que sentía que el futuro era como un muro negro que se acercaba más y más, y que había ocurrido algo que le impedía seguir viviendo. «Mañana a mediodía estaré muerto», escribió, «mañana, porque quiero morir en plena posesión de mis facultades y a plena luz del día. Y ahora me encuentro en un estado de profunda perturbación.»
        Cuando acabó de escribir se sentó en el sillón, frente a la ventana. Isabel dormía con una respiración casi inaudible. Lo atenazó un cansancio opresivo. Se sumió en el sueño como en una bruma.

3

Lo despertó un golpe en la puerta. Por la ventana entraba la luz de un cielo azul y helado.
        –Adelante –dijo desperezándose.
        El camarero entró en silencio, dejó en la mesa una bandeja con una taza de té y salió inclinándose.
        Kern se echó a reír pensando: «Y yo aquí con este esmoquin arrugado».
        De pronto recordó lo que había ocurrido por la noche. Tuvo un estremecimiento y miró la cama. Isabel no estaba. Habrá vuelto a su habitación esta mañana. Y a esta hora se habrá marchado... Se representó un instante unas alas de pelaje pardo, quebradizas. Se levantó deprisa, abrió la puerta y le dijo al camarero que se alejaba:
        –Oiga, llévese una carta.
        Fue al escritorio y buscó. El camarero esperaba en la puerta. Kern se miró en los bolsillos, miró debajo del sillón.
        –Puede irse. Luego se la daré al portero.
        El otro inclinó la crenchada cabeza y cerró la puerta con cuidado.
        Mucho le pesaba no encontrar la carta. Aquella carta en concreto. Había dicho en ella, con palabras ponderadas y sencillas, cuanto había que decir. Y ahora no podía recordarlo. Solo se le ocurrían frases sin sentido. Sí, aquella carta era un primor.
        Empezó a escribirla de nuevo, pero todo le sonaba frío y retórico. Selló la carta y escribió la dirección con letra clara.
        Extrañamente, se sintió de un ánimo ligero. Pensaba matarse a mediodía, y quien ha decidido matarse es como un dios.
        Por la ventana se veía centellear la nieve como azúcar. Quiso salir por última vez.
        Las sombras de los árboles nevados se proyectaban sobre la nieve como plumas azules. Por todas partes se oían alegres cascabeles de trineo. Había un montón de gente, chicas con gorros de piel que caminaban con esquíes, torpes y temerosas; jóvenes que se llamaban con vaharadas de voz y de risa, personas mayores a las que el esfuerzo arrebolaba, algún que otro anciano garzo y enjuto que arrastraba un trineo revestido de terciopelo. ¿Y si le diera una hostia a alguien?, pensó Kern. Solo por divertirme. Ahora todo le estaba permitido. Rompió a reír. Hacía mucho que no se sentía tan bien.
        Todo el mundo se dirigía a la pista en la que tenía lugar la competición de salto. Era una empinada pendiente en medio de la cual se alzaba una plataforma cubierta de nieve que acababa en ángulo recto. En ese momento un esquiador descendía la cuesta, tomaba la rampa y salía despedido por el aire azul. Voló con los brazos extendidos, aterrizó derecho y siguió deslizándose pendiente abajo. Era el sueco y acababa de batir su propio récord. Al final de la pista, en medio de un remolino de polvo plateado, doblando y extendiendo una pierna, dio un viraje brusco y se detuvo.
        Se lanzaron dos esquiadores más, vestidos con jerséis negros, que saltaron y cayeron sin problemas.
        –La siguiente es Isabel –dijo una voz queda a las espaldas de Kern. No me digas que sigue aquí... Cómo puede..., fue lo primero que pensó, y miró al que hablaba. Era Monfiori. Con una chistera calada hasta las orejas sobresalientes y una chaquetilla negra con cintas de terciopelo gastado en el cuello, se destacaba chistosamente entre la multitud vestida de lana. ¿Se lo digo?, se preguntó Kern.
        Desechó con repulsión las malolientes y pardas alas... Mejor olvidarlo.
        Isabel remontaba la ladera. Se volvió a decir algo a su compañero, alegre, alegre como siempre. Aquella alegría estremeció a Kern. Tuvo la impresión de ver algo por encima de la nieve, por encima del cristalino hotel, por encima de la gente de juguete... algo que se estremecía, que brillaba...
        –¿Cómo estás hoy? –preguntó Monfiori frotándose las manos exánimes.
        Al mismo tiempo sonaron unas voces:
        –¡Isabel! ¡Isabel la Volante!
        Kern volvió la cabeza. Isabel se había lanzado pendiente abajo. Por un momento vio brillar su cara, relucir sus pestañas. Con un rumor sibilante salió disparada del trampolín, se elevó, quedó suspensa en el aire, como crucificada... Y de pronto...
        Nadie podía esperarlo, claro. En pleno vuelo, Isabel se encogió con un espasmo, cayó a pico y rodó cuesta abajo en medio de las pellas de nieve que levantaban los esquíes.
        Enseguida acudió la gente, tapándola a la vista. Kern se acercó también, tranquilamente, con los hombros encogidos. Lo había imaginado como si estuviese escrito en letra grande y clara: la venganza, el aletazo. El sueco y el larguirucho de las gafas de concha se agacharon junto al cuerpo inerte de Isabel. El de las gafas lo examinó con aire profesional y murmuró:
        –No lo entiendo. Tiene hundida la caja torácica...
        Y al alzar la cabeza dejó ver un instante la cara muerta y como desnudada de Isabel.
        Kern giró sobre sus talones y se encaminó resueltamente al hotel. Monfiori lo siguió trotando, adelantándose, mirándolo ansioso a los ojos.
        –Voy arriba, a mi habitación –dijo Kern procurando contener una risa convulsiva–. A mi habitación... Si quieres venir...
        La risa le retozó en la garganta y le brotó a borbotones. Subía las escaleras como un hombre ciego. Monfiori lo ayudaba, solícito y presuroso.

 

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