L A  «O B R A»  D E  U N  T R A D U C T O R

 

La huelga del Mal

Dino Buzzati

 

Traducción de Juan Manuel Salmerón, 2010

 

Título original: «Lo sciopero del Male», en Delitti

 

 

 

En cierto momento, el Demonio, o alguien en su lugar, repugnado por la campaña de salud pública que el nuevo gobierno había emprendido con grandes medios, convocó la huelga del Mal.
        «Cierta persecución», se decía, «se explica y es legítima, incluso me parece bien, peor sería que no la hubiera, así por lo menos me ejercito. Pero esto es demasiado. Conque ya sé lo que voy a hacer: desaparecer por el foro, arreglaos vosotros como podáis. Quien ríe el último ríe mejor.»
        Varios meses llevaba el gobierno luchando valientemente contra el crimen, la inmoralidad, el vicio y las enfermedades físicas. Pero la gota que colmó el vaso fue la vacunación colectiva contra el pecado original.
        La vacuna, emparentada con los timolépticos y los psicotrópicos a base de meprobanato, había de invertir el comportamiento moral del ser humano. Después del tratamiento, los hombres, en lugar de propender al mal por naturaleza, se inclinarían irresistiblemente al bien, como Adán y Eva antes del pecado; en definitiva, todo el mundo se convertiría en una especie de santo y ya no haría falta la Gracia, que tanto cuesta obtener.
        No es que el Demonio creyera en la eficacia de la vacuna, al contrario, se reía de ella. Pero la idea lo llenaba de rabia. Nunca, desde que el mundo era mundo, habían osado los hombres desafiarlo tan a las claras. Por eso declaró la huelga.
        La actividad maléfica cesó de pronto en todo el país, tal como ocurre en las huelgas. Los hombres dejaron de robar, matar, engañar, difamar, fornicar, etcétera, y dejaron también de enfermar; aquel día no hubo ni un mal constipado.
        Naturalmente, pasó cierto tiempo hasta que la gente asumió el alcance del fenómeno.
        Reinaba una extraña paz en las comisarías de policía y en los cuarteles de la guardia nacional. Los teléfonos permanecían mudos, nadie pedía ayuda, nadie denunciaba a nadie.
        Al mismo tiempo, cada vez acudía menos gente a las farmacias y los médicos debían conformarse con los enfermos antiguos, pues no había nuevos.
        Era una revolución. Muchos no daban crédito. ¿Era posible que la campaña del gobierno por la moralización y la salud pública tuviese tanto éxito? El hombre, ese animal incorregible, ¿se dejaba por fin domeñar? ¿Se reconocían los microbios y los virus vencidos por la ciencia?
        Hubo una gran fiesta en la capital, cuando las noticias procedentes de todas las provincias no dejaron lugar a dudas. El caso produjo gran sensación en periódicos, radio y televisión. La cifra de crímenes se había reducido de repente a cero, no se veía una sola chica haciendo la calle por las noches, los golfos se quedaban en casa estudiando, sordos a las exhortaciones de los padres, que los animaban a ir al cine, a bailar el chachachá o a armar bronca. Y a medida que los enfermos sanaban o pasaban a mejor vida, los hospitales iban quedándose vacíos.

La redención total y repentina de todo un país pasó a ser, como es natural, el centro del interés mundial. Ya nadie se ocupaba de cumbres, ni de viajes espaciales, ni de festivales, ni de juicios por homicidio de esposa con fines lucrativos. Enjambres de periodistas acudieron de todas las partes del mundo. Quedó decidido que el afortunado país, al que hasta entonces se había tenido en poco, era un modelo de progreso y civilización.
        Al inventor de la vacuna contra el pecado original se le rindieron honores memorables. A él principalmente se atribuía la aplastante victoria sobre el Diablo, si bien las autoridades eclesiásticas preferían mostrar una cauta reserva.
        Solo una persona, Fulvio Stragioni, profesor de historia de la filosofía en la universidad, dio la voz de alarma: «¡Estad atentos!», decía. «Esta completa y repentina capitulación del Mal es sospechosa. No quiera Dios que sea una maniobra para que, ilusos, bajemos la guardia, y el enemigo pueda pillarnos mañana desprevenidos. Por oportunos y acertados que sean el endurecimiento de las penas y las medidas sanitarias del gobierno, no bastan para explicar este inaudito cambio. Y en cuanto a la vacuna contra el pecado original, no es sino un ridículo infundio. Ya no se comenten delitos ni injusticias, cierto, pero tampoco vemos el anunciado triunfo de la virtud. Aunque ya no les hagamos mal, los demás siguen importándonos un pito, como antes. No cabe duda de que otra es la causa del fenómeno. Estamos sometidos al influjo de algo misterioso cuyo fin no está claro. Dejémonos de celebraciones y pongámonos más en guardia que antes.»
        Fue acallado cual infausta ave agorera. No era –se dijo– más que un envidioso que no soportaba el triunfo de colegas con más talento. Su voz quedó así ahogada en el coro de los entusiasmos.
        Pero pasados los primeros meses de bienestar y regocijo, empezaron los problemas. Se comprobó que también la eliminación del Mal tenía sus inconvenientes. Por ejemplo, se temió el desempleo en amplios sectores de la sociedad. A agentes de policía, jueces y funcionarios de prisiones, el Estado, desde luego, les aseguraría otro empleo, o la jubilación anticipada. Pero a los abogados ¿quién les garantizaba el pan? Como no había conflictos, hasta las causas civiles escaseaban.
        En el terreno sanitario los problemas eran aún más graves. Las industrias farmacéuticas, antes florecientes, no vendían ni una píldora. En los hospitales, ya casi despoblados, médicos, enfermeras y monjas se paseaban como almas en pena. Farmacéuticos, ortopédicos, herboristas, practicantes, se hallaron de pronto pasando hambre. Incluso los magos, curanderos y medicastros tuvieron que apretarse el cinturón. No escaparon a la crisis las facultades de medicina, los institutos de investigación, el comercio de sanguijuelas ni el mercado de cobayas y hámsteres.
        Más era: la inmunidad a las enfermedades, quizá por mimetismo, se había extendido al reino animal. Las especies molestas o nocivas, que hasta ese momento se habían tenido a raya, proliferaron con renovado vigor: mosquitos, moscas, ratas, cucarachas, langosta, filoxera... Los daños materiales fueron incalculables.
        Pero quizá lo peor de todo –como se comprobó al cabo del año– era el efecto psicológico que el gran cambio producía en las personas. No acosadas ya por delincuentes ni enfermedades, iban perdiendo temperamento combativo, nervio, energía. Era una relajación general, un tedio plúmbeo, un país muerto.

Se quiso poner remedio. No faltaron las iniciativas. El sindicato de abogados y fiscales declaró un «día nacional del atraco» con la idea de infundir nuevos bríos a los atracadores, que se habían pasado a oficios más tranquilos; por indulgencia gubernamental, se prometieron grandes reducciones en las penas contempladas en el código penal. Se anunciaron premios con cuantías considerables para quienes cometieran en toda regla un robo con allanamiento de morada. Un filántropo anónimo ofreció la suma de diez millones para quien perpetrara un buen homicidio premeditado. Agentes secretos del ministerio del Interior repartieron cocaína en secreto. Se convocaron concursos públicos de destape. Y en las sedes de las asociaciones más decentes, conferenciantes de prestigio preconizaban la vuelta a la prostitución, los abusos sexuales y la trata de blancas.
        Nada. Inexplicablemente, la gente había perdido el gusto por aquel tipo de distracciones. Los informes de policía seguían sin registrar incidentes.
        Igual empeño se puso en estimular las dolencias físicas. Se anunció un concurso de úlcera gástrica o duodenal. Una industria de productos medicinales, poderosa en otro tiempo, instituyó el Óscar del infarto. Otros prometieron una paga de por vida al que cogiera siquiera un simple resfriado. Se importaron extranjeros afectados de horribles enfermedades con la intención de que extendieron el contagio.
        Nada. Los premios y concursos quedaron desiertos. Los más virulentos microbios extranjeros, no bien cruzaban la frontera, se daban por vencidos, desalentados.
        A la larga, la falta de actividad resultó fatal para clínicas y hospitales. Lo único que aún daba cierto trabajo eran los percances, contratiempos, desgracias, accidentes de caza y de esquí... El número de médicos que se reunía en las unidades de traumatología era grotesco. Decenas de lumbreras se afanaban a porfía en torno a una humilde pierna rota.
        El único índice no deficitario, sino, antes bien, en franco ascenso, era el de suicidios, habiéndose vuelto para muchos la existencia un aburrimiento insoportable. Pero como se quitaban la vida en serio, era muy poca la ocupación que daban a los médicos.
        Al final fue general la convicción de que el Mal había sido derrotado para siempre y era completamente inútil seguir manteniendo los costosos aparatos que en otro tiempo sirvieron para combatirlo. Incluso los más pesimistas convenían en ello. Solo el profesor Stragioni disentía de la opinión general, y seguía imperturbable augurando infortunios.

El país se abandonó definitivamente a la inercia. Pues ¿qué había de temer? Los hospitales se transformaron en escuelas y fábricas, los médicos se dedicaron a la agricultura y a las bellas artes, los policías se metieron a burócratas.
        Pero ¡qué tediosa era la vida sin vicios, crímenes ni enfermedades, sin miedo ni escalofríos! Una apatía gris y lánguida cundió por todo el país. Desaparecida la lujuria, hasta el amor resultaba una formalidad insípida y fatigosa. Las caras se veían mortecinas e inexpresivas. A las nueve de la noche las ciudades quedaban sin vida.
        Así pasaron nueve años: una nación aburrida y exánime, una vida monótona, unas gentes sin energía, unos niños de expresión lela y mente atrofiada que ya no eran capaces ni de inventar nuevas canciones.
        Cuando un buen día, sin previo aviso, acabó la huelga del Mal. El Demonio dio la señal y se apostó en el rascacielos más alto para disfrutar del espectáculo. Valía la pena.
        El ímpetu con el que el país quiso resarcirse de aquellos nueve estúpidos años fue, en efecto, impresionante. Solo en la capital, y en el lapso de una hora, se cometieron treinta y cuatro homicidios.
        Y la famosa peste, hallando el campo libre, empezó a hacer estragos, mientras la humanidad, vivificada por la sangre y el terror, volvía a cogerle gusto a la vida.

2 de abril de 1961

 

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